La memoria: mi cuerpo

Ayer en la Conexión NEF tuve como invitada a Chío, una de mis enfermeras de hemodiálisis, hablamos de cómo hacer equipo entre profesionales de la salud y los pacientes para evitar complicaciones. De repente, sin darme cuenta cómo, abrí la puerta a los días de la isla de hemodiálisis. Pude sentir como se erizaba mi piel cuando hablamos de cuando se coagula el sistema, un cosquilleo en las pantorrillas cuando dijimos la palabra calambre. El hueco en el estómago al recordar a aquellos compañeros que ya habían perdido su corporeidad y volví a agradecer ser carne, huesos, fluido en reinvención constante.

Las semanas anteriores estuve e idas y venidas al Instituto de Nutrición, había sospecha de trombo, dolor en la pierna y donde está kidnecito, después de varios estudios, el tratamiento fue un anticoagulante leve y listo. Me cuesta trabajo externar cuando alguna complicación me pone en pausa. Me confronta ver cómo mi cuerpo no responde al ritmo que me gustaría, cómo se vuelve torpe y lacio de repente. Necesito los días para digerir esos silencios mientras hacen el ultrasonido o sacan sangre para leerlo y reconocerlo desde nuevos ángulos. Entonces rezo con todas mis fuerzas para que los miedos no crezcan.

Hay jueves del mes séptimo en que la pierna izquierda se desconecta y me caigo, hay jueves en que también me levanto con la otra pierna y con las manos que generosas me reciben y me dicen por dónde. Camino lento de la Unidad de Pacientes Ambulatorios de Nutrición al Laboratorio y voy agradeciendo cada paso. 

Este cuerpo que miro en el espejo está lleno de mapas donde el único tesoro es respirar, a él le agradezco hoy cada centímetro, cada sensación regalada y la magia de sus ciclos que lo hacen restaurarse. Hoy le nutriré con amor, respeto y pura cosa buena y rica 🙂 en su honor bailaré descalza, porque poderlo hacerlo es un privilegio que a veces olvido.

10 años

Ayer se cumplieron 10 años que mis riñones niños tomaron protagonismo. Antes de 2011 nunca imaginé que el tema salud ocuparía un lugar tan importante en esta vida. Hace una década que la enfermedad renal me enseñó el significado y las fugas de lo crónico. Ayer tuve un día full de trabajo, no hubo tiempo de comer, de repente me descubrí en las obsesiones de antes, la adicción a cumplir con el deber ser aunque a tramos me olvide de lo fundamental y ese ir y venir con mis tres riñones (los niños y el nómada -kidnecito-) de repente la luz sobre las montañas y las nubes cargadas me llevaron a otra ventana donde mis amarras eran otras, y sin decir agua va las imágenes de los días primeros del diagnóstico se precipitaron:

  1. Hora de dormir, al día siguiente entraré a quirófano para el primer catéter, no puedo cerrar los ojos, me hago bolita sobre el lado izquierdo, después me acuesto boca abajo, estas posiciones serán exiliadas durante un largo trayecto hasta que aparezca la fístula.
  1. El miedo al agua, es muy dulce el agua, no he dormido para no despertar con miedo y sin embargo él sigue aquí… decía uno de mis textos antes del diagnóstico y de repente ahí estamos, en el temor a que el agua humedezca los alrededores del catéter, el pánico a que el agua llene los pulmones, la falta de aire cuando la inundación hincha pies y manos.
  1. Es mi primera hemodiálisis consciente, tengo náuseas, siento que voy a vomitar, la enfermera se acerca y me dice que si quiero un riñón. Yo no entiendo nada. Claro que quiero uno, como todos los que estamos conectados. No contesto, ella se va y regresa, con un recipiente plateado con forma del órgano más deseado para que pueda yo vaciar ahí el estómago, entonces aprendo que un riñón también es uno de sus instrumentos de trabajo.
  1. Un impermeable rosa, con él me baño los primeros días, porque solo así confío en que mi catéter estará a salvo.
  1. Un vestido envolvente que compré un invierno en Francia, se llena de sangre en el pecho en la primera salida, descubrimos que el catéter tiene una fuga.
  1. Mi hermano con una mirada que nunca le había visto cuando es testigo de esa fuga persistente de sangre. Mi hermano dispuesto a darme su riñón.
  1. Mi mamá dormida en el sillón frente a mi cama de hospital, mi mamá alimentándome, mi mamá llorando cuando no me doy cuenta. Mi mamá deteniéndome cuando vuelvo a caminar. Mi mamá enseñándome cómo ser vulnerable.  
  1. En el consultorio donde el doctor nos dice que tengo insuficiencia renal terminal hay un cuadro donde se ve el mar. Cuau se vuelve líquido a mi lado y aun así me sostiene.

Con la definición de qué le pasaba a mi cuerpo, empezó este camino, donde aprendí nuevos lenguajes, donde las palabras tomaron sentidos diferentes a los que había sido hasta ese 28 de junio de 2011. Supe que era suficiente y sana, solo que tenía unos riñones niños que necesitaban de una máquina para dejarme seguir. Supe del amor renal, de las complicidades médicas y de lo que realmente es indispensable. 

Y así que este sexto mes, agradezco estos 10 años con una condición que me conecta con lo vital, con lo verdadero, con la plenitud de estar y agradecer este tiempo de cielos con presagio de tormenta que me deja saber que sea lluvia o sol todo estará bien mientras sea… Agradecer lo imperfecto, la incertidumbre, los temores, las bifurcaciones porque sin cada uno de ellos estaría incompleta y este martes que atardece me sé enterísima.

Gracias diagnóstico por entrenarme para lo impredecible.

Día 12: “Aletea, preciosa”

Estoy en casa pero no es el lugar que habito, los dos días anteriores la fiebre, la saturación y el dolor la convirtieron en un mar picado. Por suerte sé nadar, me repito como mantra.

Las madrugadas son rudas, hay una en que estoy convencida que la única forma de curarme es aventarme desde la ventana del cuarto, el bicho me confunde, después me da un ataque de risa y decepción cuando recuerdo los pocos metros que hay entre la ventana y el suelo.

Me vienen de memoria las crónicas leídas, los programas hechos, donde intentaba diseccionar su funcionamiento… y sirve, porque aun a mitad de no poder hacer nada, el conocimiento sigue siendo mi asidero para atravesar el temporal.

Hoy la fiebre disminuye y la saturación aumenta, y en mi cabeza solo suena esta frase de una canción de un programa de drags, “Aletea, preciosa”… y así aleteando me sacudo el miedo y confío en este cuerpo que vuelve a sacar la casta.

Gracias por sus palabras, por sus oraciones, por la fuerza de su pensamiento y cariño. Estoy flotando y sé que llegaré a buen puerto porque no voy sola, gracias por ser fuerza en esta travesía.

Día 10: oxígeno aún

Día 1: dolor
Día 2: fluidos
Día 3: adiós olor
Día 4: fiebre
Día 5: diagnóstico
Día 6: debilidad
Día 7: hipoxemia
Día 8: dolor y debilidad
Día 9: la bella durmiente

Mi aislamiento había empezado el 15 de marzo, 8 meses después hubo tareas que fue imposible posponer como la cita al dentista, porque una resina se rompió al principio de la pandemia y que meses después se volvió emergencia dental o algún trámite que necesitaba mi firma… El miércoles, 2 de diciembre, la prueba COVID dio positivo.

Al estar inmunodeprimida, no salgo sin cubrebocas, careta y gel antibacterial, el bicho está en todos lados. En esta ciudad que habito está haciendo su agosto en diciembre. Cuando supe el resultado, sentí una mezcla de culpa, coraje y miedo, en la misma proporción.

Lo más jodido de este proceso es que los contagiados nos sentimos responsables, por lo menos así lo llevé yo, seguro algo hice mal, no me lavé las manos en el segundo necesario, ¿me habré tocado los ojos debajo de la careta? Y repasé hasta el cansancio cada uno de mis movimientos y el momento del contagio pudo ser cualquiera.

Lo segundo era esa sensación de ir por una carretera nueva, llena de curvas y barrancos y que solo quedaba confiar en el auto (mi cuerpo) para llegar a buen destino. Estaba muy asustada de no saber si sabría pilotear bien para no quedarme en el trayecto.

Apenas hoy desapareció un poco la neblina mental y pude escribir. Ha sido una semana dura. El viernes terminé en el hospital, porque la saturación estaba bajita, ese hospital que conozco tan bien, el Instituto Nacional de Ciencias Médicas y Nutrición Salvador Zubirán, se había transformado, entré a la zona COVID, y sentí la soledad y el miedo profundo. Durante 4 horas recé todo lo rezable para que no me dejaran ahí, finalmente se me autorizó tratamiento ambulatorio.

Y aquí estoy conectada a la máquina de oxígeno, agradeciendo que hoy me reconozco más, aún la energía está bajita, pero vamos un día a la vez.

De los aprendizajes que me quedo es el del soltar el control y el juicio, sé que todos cuando sabemos de un contagiado queremos saber dónde tuvo contacto con el bicho, como si eso nos permitiera hacerlo mejor nosotros, e irremediablemente pensamos “seguro no estaba lo suficientemente aislado, o no se lavaba las manos, pero a mí no me va a pasar”. Es un mecanismo de sobrevivencia, pero lo real es que las cosas están ya tan fuera de control y nada es negro y blanco, no queda más que seguir haciendo lo que toca y seguirnos cuidando.

Quiero agradecer a mis amigas, por estar ahí para mí, por ser mi aire para respirar (literalmente), a mi familia por ser mi fuerza y a Cuau que siempre se la rifa. Gracias a todos los que se han preocupado por mi salud y han sido porra oficial.

Gracias a Kidnecito que se ha portado como campeón y a mis doctores que no nos han dejado solos. A mitad de este momento complejo que la creatinina esté en .9 me hace confiar y saber que esto también pasará 🙏

Hoy la sed es por recuperar los números que me dan la estabilidad.

¡Salud! Por cuatro años juntos y los que faltan

A estas horas, un miércoles de 2016, en Toledo, Ohio, Michael Rees escuchaba flamenco mientras hilaba fino para arraigar en mi vientre el pase de salida de la sed. Una tarde de otoño casi a un costado del río Maumee, en una caja blanca llegó Kidnecito. Por la mañana tuve mi última conexión a diálisis, no quería pensar demasiado, no quería despedirme del todo porque no sabía qué pasaría después de que entrara a quirófano.

Esta vez sería diferente, no recuerdo tener hambre, solo sentir una gran paz de que pasara lo que pasara habíamos hecho todo lo necesario para este trasplante; pasara lo que pasara no estaría sola, llegaba acompañada de toda la red que confiaba que nos merecíamos un happy end. La enfermera me puso las pulseras de colores que advertían mi alergia al vino y de la mano donde estaba mi fístula, Obi, Yuyi, Cuau, Susan y Katie me dieron besos y me fui al sentir como germinaba el sueño donde me descubría libre.

Cuando entro a una sala de operaciones siempre busco el reloj, como una especie de anclaje para que cuando despierte y pregunte la hora pueda establecer mis conclusiones acerca de si fue una buena o mala cirugía. Antes de deslizarme en la nube de anestesia leí 4 pm.

Del despertar inmediato solo tengo sensaciones, escucharme hablar en la lengua de Kidnecito y estar inundada de un amor tan profundo, tan pleno, tan inexplicable, que la única razón que hallo es saber que Linda Primas, mi donante que estaba en Wincosin, dio ese órgano cargado de amor, fe, dulzura y así fue recibido.

Este último año, Kidnecito me ha regalado 365 días libres de hospitales, muchos viajes a sitios de estaciones nuevas, bailes y proyectos hermosos. Aquel otoño no imaginaba que después de que la sed física terminó, la sed nueva me llevaría a construir naves y puentes para encontrar y unirme a la familia renal.

Cuatro años juntos y esta celebración me encuentra disfrutando la tarde con un vaso de agua enorme, preparando el taller de escritura que daré esta noche como una forma de agradecer esta permanencia, este pertenecer a la tribu de los amantes del agua, de los que pactan con el aire para poder seguir en la tierra. Marinando la conferencia de prensa de mañana para hablar del Exhorto que se presentó en cámara de diputados por la salud renal.

Gracias hoy y siempre a cada uno de los que creyó, sumó, aportó para que Kidnecito se palpitara en mi vientre, para que este riñón nómada me enseñara de las travesías con destinos ciertos.

¡Feliz aniversario renal a mí 🙂 !

Y también el dolor de lo fallido…

Hablar también de lo que nos avergüenza, de lo que nos duele y mirarlo desde fuera para que no encarne y crezca tan adentro que nos enferme y no hallemos alivio porque estemos ciegos para sentir desde donde hay que arrancarlo.

El fin de semana di una sesión sobre el Laberinto del diario personal dentro del Diplomado de memoria y discursos autobiográficos, lo disfruté mucho, no tengo cómo agradecerles a Laura y Efrén la invitación, porque me regaló la certeza de la labor del diario, mirarlo bajo otro ángulo y seguir descubriendo las múltiples posibilidades de esta poderosa herramienta. Me regresó a su cobijo, hoy que me es tan necesario.

Después del trasplante escribo menos, es como si me negara a volver a un espacio que me acogió en las partes más complejas, como si hubiera sedimentos de culpa en conseguir lo deseado. Pero este lunes amanezco con la urgencia de refugio y heme aquí. Llevo dos semanas que fluctúo entre el enojo y la tristeza, aunque trato de cada día equilibrarme mediante los  muy ensayados mecanismos para sobrevivir, agradecer, darme un pequeño placer cada día, perdonar,  amar, vincularme, lo cierto es que hubo una gran decepción, que el trabajo de dos años está comprometido porque alguien decidió ejercer una acción que pone en riesgo el tiempo, las ganas y toda la dedicación que un equipo ha invertido en volver sólido un proyecto que amo.

No importan los detalles, sino volver sobre el camino e ir desenmascarando los patrones, para enfrentarlos, para deshacerlos. Me descubro hablando de la perfección de lo fallido, de que cada falla tiene una razón de ser. Justo ahora aunque no lo veo, entiendo que este es el argumento que me salva de la locura. Y de repente hoy amanezco plantada en el trasplante fallido, en cómo me sentí culpable por el órgano perdido de mi hermano, en cómo asumí la responsabilidad de no sabía bien qué, para poder seguir de la mano de mis doctores, de cómo disculpé todo adelantándome porque no me podía permitir asumir que en ese fallo pudo no ocurrir, la predestinación fue mi gran coraza. Este verano salgo de ella, para activar nuevas formas de enfrentar lo que se repite.

Cuando la palabra me queda corta, me refugió en el diccionario, y dice la Rae:

falla1

Del lat. vulg. falla ‘defecto’.

1. f. Defecto o falta.

2. f. Incumplimiento de una obligación.

3. f. Avería en un motor.

4. f. Geol. Fractura de la corteza terrestre acompañada de deslizamiento de uno de los bordes.

Así estoy, averiada porque alguien faltó a su palabra, porque incumplió, fracturada y aceptando que este deslizamiento de los bordes está ahí y que este centro no volverá a ser el mismo, así perdone y asimile… esta es la magia de la vida, cada segundo estamos cambiando, solo que cuando el golpe es fuerte nos hacemos conscientes de la transformación.

Este lunes desperté y me di cuenta que yo no tuve la culpa de mi trasplante fallido, como tampoco soy culpable de lo que ocurre ahora, eso no me exime del dolor, pero me da un punto de partida para re-conocer por donde hay que echarse a andar, validando que esto que siento es verdadero y me encamina.

Día de aceptar las razones del dolor, la tristeza y el enojo, de permitirme decir sí me duele y sí me enoja, pero también de saber que esto pasará. De dejar que los sentidos detecten por dónde, de asimilar lo qué es ser vulnerable y desde ahí volver a confiar.

9 años conmigo

No sé qué día de la semana era, cuando el doctor dijo Insuficiencia renal no hubo más señal de tiempo que los niveles de toxinas en la sangre y saber qué seguía. Llevaba varias semanas con el sueño recurrente de estar nadando en lugares que se inundaban y la imposibilidad de llegar a una orilla. Entre el diagnóstico y la colocación del catéter hubo una distancia de menos de 24 horas, en ese trayecto se replicaba esa sensación de navegar extraviada sin llegar a puerto ninguno…

No recuerdo dolor, solo dejarme absorber por ruido blanco, se inauguró la etapa de las primeras veces, primera ida al quirófano, primer catéter, primera complicación. Entré a la sala de hemodiálisis como a un país del que desconoces el idioma y las costumbres, desnuda de referentes, solo me concentraba en lo conocido: respirar… y observar los detalles para ensayar a entender.

La noche anterior al catéter dormí sobre el lado que lo colocarían, los siguientes días velé, creía que si cerraba los ojos no los volvería a abrir. No había miedo solo reacción, bloqueo, con las cortinas abajo y ausente, así aprendí a hacerlo para concentrarme en lo importante sin que hubiera cuarteaduras por donde se me escaparan las pocas y torpes certezas.

Entendí en esa primera semana que la normalidad era un espejismo, algo que entre más me acercaba más se distorsionaba. Ese verano despedí a la Marisol preocupada por los cierres editoriales y las portadas, por responder a las necesidades del corporativo, y le di la bienvenida a la que iría descifrando las señales de un cuerpo que desconocía, la que se entrenaría en intuir prioridades y la que empezaba su formación en el lenguaje de los riñones y de la sed.

Ahora, en esta nueva reclusión, donde a veces encuentro tantos paralelismos a aquel tiempo, voy llenando la casa de señales para saber que seguimos avanzando, que no estoy varada, establezco rituales y agradezco tanto el entrenamiento para ser suficiente en cualquier circunstancia.

Hoy es día de honrar la escritura y la suficiencia, de volver sobre lo aprendido para sacarle todo el jugo, en esta semana que tanto lo necesito, en esta semana en que el dolor del cuerpo me deja inmóvil porque a veces necesito parar, liberar, escuchar, dejar ir y como soy necia mi sistema se las ingenia para regresarme a lo que de verdad importa, de nuevo… respirar

 9 años después, dos trasplantes, tres riñones sembrados en mí, uno de ellos floreciendo, una familia extendida, alianzas, encuentros, imágenes, cicatrices, doy gracias por este recorrido que me ha enseñado del amor más profundo, de la belleza de los vínculos, de la sutileza de las fronteras, de la fuerza de los contradictorio y de la perfección de lo fallido.

Que la sed sea conmigo, porque mientras exista inventaré maneras de saciarla.

La primavera es una isla

3 de abril de hace 38 años, estoy en Xalapa, nadie me dice que la insuficiencia renal te dio un pase de salida, Mario Robles, que gracias a ella te fue dado liberarte del cuerpo, que dejarás en el Hospital de Nutrición para que estudien qué pasó, no hubo trasplante ni hemodiálisis, solo un diagnóstico que fue muy rápido, tanto que no hubo mucho margen de reacción. Un día como hoy a las 12 del día, te volviste aire, agua, tierra, sueño recurrente, herencia, destino y libertad, todo en solo un parpadeo.

Otro 3 de abril estoy en Nutrición, en el consultorio de infectología me dicen que estoy libre de la bacteria que me tuvo mes y medio en el hospital, jugando en los límites del estar y desde dónde. La felicidad es caminar por un mediodía caluroso e ir por un vaso pequeño de hielo triturado, lujos de la etapa previa al encuentro con mi riñón.

El 3 abril de hace un año, estoy en urgencias después de tomografías y análisis, me anuncian que tendré que regresar al hospital porque tengo una nueva bacteria haciendo de las suyas, aunque yo no le pertenezca. Desde el tercer piso se ven las jacarandas. Y entre la fiebre y el antibiótico, acaricio a kidnecito, le prometo que todo estará bien.

Este 3 de abril me encuentra en casa, preparando materiales sobre alianzas renales y funcionamiento de riñones, sobre cómo funcionan nuestros genes a mitad de la pandemia, sobre las estrategias de salud afortunadas y fallidas, hace más de 16 días que no salgo, pero no se siente espeso como otras primaveras. El proceso médico me curtió bien, me entrenó para descubrir la sensación de libertad casi en cualquier hueco. Es curioso, leer lo que provoca la pérdida del espejismo de la “normalidad”. Tan cercano a lo que se vive cuando llega un diagnóstico, cuando se va trazando el siguiente paso minuto a minuto porque pensar en el futuro solo es una insinuación.

Descubro que van varias primaveras en las que me toca estar en una isla, un cuarto de hospital, un país nuevo, una casa recién habitada, y agradezco que cada una de esas veces me fueran dadas herramientas para paladear el presente. Los pros y los contras que tiene cada nuevo escenario y donde lo único constante es respirar, sentir, imaginar.

En este 3 de abril, disfruto cocinar y regar las plantas, la isla que habito ahora tiene sus privilegios, traídos de las tardes agobiantes de hospital, como poner el aroma que me lleva a un tiempo abierto, como la de los baños largos para asustar el insomnio… Me falta la escritura, la he estado evitando tal vez porque ha pasado tanto, que digiero lento. Pero estos días de detox de tráfico me van devolviendo a un ritmo íntimo que me va enseñando cómo quedarme y volar en un mismo compás.

Y en tu honor Mario Robles, este 3 de abril bailaré para celebrar que tu hacerte uno con los elementos nos nutrió tanto. Es época de florecer sin miedo a las tempestades.

Fin de década

2010 fue el último año en que viví ajena al pulso de los riñones, su funcionamiento equívoco apenas eran un fantasma. En diciembre de hace 10 años el mundo como lo conocía empezó a reinventarse, aparecieron deseos, espacios, todos nuevos y en aquel entonces decidí hacer mi viaje anual a Francia sola, necesitaba encontrar algo, una voz, una señal, algo que me dijera qué seguía. Me quedé varios días inmóvil porque nevaba, no había trasporte y mi ritual consistía en beber té, comer pan con mermelada y mandarinas, mientras subía y bajaba por Montmartre, en una meditación con aire helado y escritura. Estuve poco más de un mes, en ese entonces ignoraba que los viajes largos quedarían suspendidos, que todo eso que me acompañaba estaría prohibido. Era el tiempo de soñar con inundaciones, los calambres aún no aparecían.

Volví a Francia en el primer viaje después del trasplante, hice un homenaje a Kidnecito frente al mar de Niza, pero temía a París. Recuerdo que en los momentos más complejos del proceso médico le decía a mi amiga Elba que cuando ya no pudiera más tomaría un avión y me iría a París, creerlo me regalaba un escape mental que me salvó más de una vez. Así que de alguna manera quedó asociado a una especie de final.

Este 2019 ha sido de movimiento intenso y en esas sacudidas se gestó este viaje, el último, que pasaba por un París otra vez paralizado, lo decidimos sin mucho análisis de por medio, pero ya ahí, empezaron las pesadillas, el temor más grande perder lo que ya se tiene. Tener presente cuerpo adentro que lo conseguido puede desaparecer.

Quizá porque este año me enseño que no estoy a salvo del volver al hospital, tal vez porque tuve que tomar la decisión de dejar un trabajo que disfrutaba para que mi riñón estuviera mejor cuidado, tal vez porque me dieron susto los episodios médicos, fue que me lancé al extremo y ha sido uno de los periodos con más viajes, encuentros, disfrute y amigos.

Me costó trabajo hallar espacio para la escritura porque la efervescencia se me fue acumulando y así me cuesta ir delineando lo que pasa. Este fue el tiempo de los amores e historias renales, de ir al sur para hallarnos, de vivir dos otoños y dos primaveras. De tener el privilegio de conectar y confiar en que lo mejor es lo que ya está sucediendo.

Esta ha sido la década de reconocerme, de reconectarme, de renacer. De vivir mil vidas en cada despertar, de no caminar y caminar también, de respetar la soledad y la compañía.

Confío en que este 2020 que ya asoma, número espejo, número abierto a las infinitas posibilidades, traiga toda la poesía, la salud y el arrojo y la aventura con que lo espero. Que sea un año perfecto para que los match renales sigan y se perpetúen los riñones sanos por toda la década. Que la sed sea de estar felices y plenos.

Gracias 2019 por tu esencia nómada, por enseñarme a ser dócil y desde ahí habitar los cambios. Y sobre todo por recordarme la libertad que hay en ser plantado y la coherencia de las contradicciones 😉

Abrirse, encontrarse

Esta noche me sorprende lo poco escrito durante este año y la intensidad de los aprendizajes. Este es el noveno mes, el de las sacudidas, el de los cambios de ciclo, el de las sorpresas, el de la enseñanza de cómo abrirse a que eso que imaginamos y deseamos pueda aparecer distinto y confiar que será para bien.

Hace seis días se cumplieron 8 años del trasplante fallido, lo había olvidado hasta que de repente un estremecimiento me lo recordó, hace 8 años que mi hermano vive con un riñón, hacer 8 años que recibí la lección de amor y vulnerabilidad más profunda. Y hace 3 años estaba un 20 de septiembre en el aeropuerto con las emociones sembradas porque por primera vez me iba a hemodializar en un país diferente, porque iba a análisis para ver si lograba encontrarme con el riñón que me regresara los trayectos largos y me arrebatara del cansancio…

Hoy en México se celebra el Día Nacional de la Donación de Órganos y Trasplante, este día nos volvemos visibles donares y receptores, celebramos este compartir de vida, se abren los espacios en los medios para contar que no hay que temer ser dador de vida, me veo ahí y es como vivir muchas vidas en un solo parpadeo.

Mis desvelos en este tramo se deben a que preparamos el Encuentro NEF en la Ciudad de México, vamos hilando el programa, sembrando sorpresas para quien quiera sumarse al #equiporenal, el 8 de octubre será una mañana de conocimiento, pero en este momento justo el hueco en la panza se debe a que mañana antes de que amanezca tendré que ir a análisis al Instituto Nacional de Nutrición, es mi examen de PRA para asegurarse que no hay anticuerpos que comprometan la estancia de Kidnecito, que nuestra compatibilidad sigue vigente.

Septiembre avanza y yo esquivando la escritura porque me lleva a lugares que evito visitar, porque de tanto en tanto quisiera hacer como que nada ocurrió porque reconocerlo me compromete a tomar acciones que sean coherentes con la vida plena que me prometí la noche que dejé de tener sed.

Y entonces me descubro abierta, juntando cada segundo para construir esta otra forma de plantarme, deseando encontrarme con quienes soñaron esta libertad y que comparten conmigo aún, después del final feliz, la sutileza de los miedos nuevos.

Vayamos pues, unidos por la salud renal, hacia el siguiente puerto.