Crónica de una ida al hospital en tiempos erráticos

Escribo como antídoto, en la hora previa a que la fiebre se presente, confío una vez más que a golpe de tecla asustaré a cualquier cosa que la provoque y que haré fuerte al medicamento que trabaja cuerpo adentro.

Han sido tres noches intermitentes, primero el escalofrío y luego el termómetro señalando que el calor lo hace salirse de parámetros. Finalmente el domingo llegué a Urgencias, porque no había escapatoria y porque por sobre todas las cosas hay que cuidar a Kidnecito. Ese era un domingo con citas de trabajo, pero de repente las prioridades toman su lugar cuando el malestar se impone.

El médico que me recibió me mandó a casa porque según él no había signos de nada, este es el primer filtro a vencer, tendré que hacer un artículo sobre el check list que cualquier paciente debería tener a llegar a Urgencias. Por lo menos a los trasplantados no debería ser ético mandarlos de regreso sin una química sanguínea me parece, para ver que el órgano esté en orden. También pendiente extenderme sobre mi experiencia no tan afortunada con esos médicos de primer contacto este año en tres ocasiones: dos aquí y una en otro país.

El caso es que me negué a que me dejaran ir sin hacerme una tomografía, sobre todo después de que el tema de los mastoides había sido tan reciente. Hay que trabajar tanto juntos como pacientes en eso, en pedir que nos escuchen, que hagan bien las cosas. Son tiempos complejos, pero esa mañana de domingo, los residentes comían palomitas en el mismo cuarto donde se tomaban las muestras de sangre. Verlos así tan jóvenes y poco motivados me daba aún mas escalofríos que la misma fiebre, no los juzgo, los entiendo tan bien, trabajan en condiciones cada vez más precarias y sin esperanza, no por lo menos en el corto plazo.

Finalmente me programaron muestras, estudios todos, tomografía, ultrasonido, no había técnicos suficientes que tomaran los estudios, estaban rebasados. Mientras iba de una sala a otra, no podía dejar de pensar en cuántos de los que habían regresado a sus casas ya no habían vuelto o en cuántos se quedarán en esa espera prolongada con esta “transformación” que se vive en México.

Ahí estaba con sed de que volviera la “normalidad” donde aún con carencias las cosas fluían porque lo vital estaba resuelto. Las estancias por el hospital me llevan a estos textos largos, catárticos, donde los filtros se relajan porque el mañana vuelve a ser una promesa, con que esta noche no haya fiebre lo demás no importa.

Las buenas noticias

-A mitad de ese laberinto hubo momentos luminosos, como el doctor Ramón Elizondo, el residente a cargo, que llegó a rescatarme y fue cuidadoso paso a paso. O el infectólogo, que fue todo entrega. Mientras haya médicos así habrá alivio para los pacientes.

Vi y escuché por primera vez a Kidnecito en un ultrasonido, es tan perfecto, tan fuerte, tan hermoso, ese fue el mejor momento de mi ida al hospital, sobre todo confirmar desde ese monitor su funcionamiento súper profesional. Y escucharlo, tan marino él. Lo amé profundísimo, así casi en la oscuridad tuvimos un instante de intimidad infinita.

-La tomografía mostró que los mastoides están a salvo no hay más infección en el cráneo, la radiografía enseñó unos pulmones hermosos también.

-Me dejaron ir a casa después de todos los estudios, porque eligieron el tratamiento ambulatorio. No puedo explicar la felicidad de volver a recorrer las calles después de un montón de horas en Urgencias, todo se ve más bonito, más nítido. Mi mayor temor cuando voy es que no me dejen salir, así que cuando me es permitido es un regalo enorme de libertad.

Las no tan buenas

-La proteína C reactiva salió muy alta, eso significa que hay una infección fuerte, no saben muy bien dónde, porque tengo tres factores de riesgo: viajé a un país extranjero, estuve en una mudanza y trabajo en un hospital. Pero me fue dado tratamiento y espero reaccionar a él. Lo sabremos entre hoy y mañana.

Al final del día la balanza es a favor siempre, son las 22:10 y todo sereno, volver al Diario me alivia. Hay muchas preocupaciones aleteando a mi alrededor, hoy las espanto con estas letras y conjuro para que la salud llegue a quienes lo necesitamos.

Gracias por ser acompañantes en esta travesía.

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Y después…

Este es el día tres después de dejar el hospital. Es interesante cómo se perciben la luz, los sabores, los olores después del encierro forzoso, cómo se agradece despertar y ver el dolor que se va diluyendo a golpe de pastillas que no dejan huellas en los brazos.

Queda por delante una semana más de tratamiento para aniquilar los mastodontes. Disciplinada a la hora exacta tomo cada uno de los medicamentos que me fueron indicados, mientras se deslizan por la garganta, me pregunto ¿qué es lo que de verdad importa? El hospital tiene esa capacidad de dimensionar las cosas, la realidad se vuelve High Definition y se revelan las virtudes e imperfecciones de cada día.

Cada gota de agua que se desliza mientras me baño me recuerda que tan libre se puede ser, me comprometo a mantener esa ligereza. Hoy es el tiempo de volver al mundo y también me asusta porque me descubro frágil, queda un mareo ligero y sedimentos de dolor.

Debo confesar que siempre que me dan el alta, que me dicen que puedo dejar cables y análisis, el monitoreo constante, tengo sentimientos encontrados, por un lado soy inmensamente feliz y por otro, estoy aterrada de irme y que algo pueda pasar y no tener el equipo médico para resolverlo. Así que las primeras 48 horas estoy como en caja de cristal, no quiero que nada interrumpa mi rutina de recuperación, me tomo la presión cada poco tiempo y camino cuidadosamente, para que nada me haga volver a la torre.

Este es el día de volver al trabajo, de cuestionarme y evaluar ¿que quiero y cómo lo quiero? ¿Qué me hace bien y qué debo dejar ir? Porque para mantener el equilibrio hay que viajar ligero, sin excesos y sin complicaciones.

Así este jueves en que me es devuelvo el transitar a un paso distinto, donde agradezco la lectura de este nuevo ritmo donde kidnecito y yo seguimos acoplados.

Postales desde el hospital

I

Mastodontes danzan en mi oído derecho

La infección solo necesitó dos días y un antibiótico errado para colonizar al mastoide derecho. El domingo pasado el oído derecho se vuelve protagonista, se abandona al dolor y durante el trayecto de la noche al amanecer lo muerden, lo caminan, lo danzan mastodontes de colmillos afiladísimos. No sueño, no tiemblo, no grito. Solo alucino aunque la fiebre no aparezca. Siento toda la molestia del malestar auditivo.

Sale el sol, el oído parece dar tregua, pero sé que iré corriendo al otorrinolaringólogo porque he aprendido que hay que escuchar, que no hay signo pequeño. El doctor se asoma, lleva una cámara a mi tímpano y hace un hoyito en él para que el mal se fugué. Escribe tres nombres largos y uno pequeño para que la bacteria se deshaga. Empiezo el tratamiento.

II

Sonido blanco

5:35 del miércoles. Los mastodontes han avanzado, espesos los siento caminar ahora sobre mi frente y arriba de la nuca, si cambio de posición se multiplican. Del lado diestro hay un ruido de texturas potenciado. El piso gira discretamente, respiro y duele, arde. Mi doctor dice “tienes que ir a Urgencias”. Nunca quiero, ¿quién si?

III

La memoria y lo que duele

Nombre, número de expediente, piquete de residentes recién estrenados, inspección detallada del cuerpo, estamos en lo que urge. Quiero una pastilla potente que deshaga el malestar apenas la tragué. Mientras espero el dictamen de los residentes, abro Facebook para escaparme y la memoria virtual me empina a la ventana donde descubro que es 3 de abril, aniversario de la muerte de mi padre, que hace 37 años murió justo en este edificio donde yo espero ahora. Me llaman para que entre a una tomografía. Cuando me dan indicaciones, siento un hueco en la panza, tengo mucho miedo, de repente descubro que es la primera vez que voy a ese aparato por mi propio pie y sin heridas. Miro fijamente la luz, dejo la cabeza inmóvil como me fue pedido. Soy temblor y agua aunque el cuello siga rígido.

IV

Para un vuelo profundo a veces hace falta olvidarnos de las alas

El doctor anuncia que deberé quedarme hospitalizada, no encuentro ya ninguna contención. Sé que es necesario, me explican que el remedio para que la normalidad regrese es un antibiótico intravenoso, que deben vigilar mi riñón y que hay que observar muy de cerca esta infección que de tan potente se ha hecho ya con un pedazo del hueso del cráneo. Que serán de 24 a 48 horas. Yo lo entiendo, pero mi cuerpo no.

V

Volver

De regreso al tercer piso, aquí pase mi temporada más larga en el hospital, en este pasillo sentí por primera vez un ataque de angustia en 2014. Y aquí vamos de nuevo. En la tarde llegará la fiebre y con ella el anuncio de que no me iré en 24 horas sino en 5 o 7 días. También volverán los cordones de plástico y las noches interrumpidas, los números que dictan que estos signos vitales me dan un pase por otras tantas horas hasta que aparece la siguiente enfermera. La heparina clavándose en cada brazo, lo conocido y detestado.

VI

Desde un lugar distinto

La primera noche miro mi mano canalizada, no está hinchada. Miro mis piernas y ya no duelen. Me piden que junte toda la chis en un recipiente y recuerdo que kidnecito ha cambiado todo. El segundo día me mudan a la Torre, espacio luminoso, que recorría solo con la mirada en la estancia anterior, ahora la camino descalza. En el tercer día entiendo que estoy aquí porque es lo mejor, pero que ahora es distinto, cuando reconozco que aunque el dolor sigue ahí tengo mis herramientas para atravesarlo suave y que el entrenamiento de los últimos 8 años ha servido tanto.

Agradezco cada gesto que me lleva a confiar en lo que viene, cada duda que me hace sumar al equipo de enfermeras y doctores que trabajamos juntos para que esto pase pronto. Un amanecer descubro que la impaciencia ya no me acompaña, que la lección de ser paciente está en proceso de ser aprobada.

Agradezco a Kidnecito que me dio la libertad del agua que me da el regalo de fluir aun en los días restringidos.

Y aquí estoy agradecida por los hallazgos, por la compañía y el silencio, por este escuchar la danza de los mastodontes, porque aunque acaba de pasarme a decir una doctora que mañana los infectólogos deciden cuándo podré irme, yo ahora estoy en el mejor lugar, con el amor de un riñón pleno que hace lo suyo y que cada segundo me va enseñando por donde y el cómo.

Por ahora, por este segundo, la habitación 335 y el sonido blanco de mi oído derecho son la combinación perfecta para hallarme.

El antibiótico sigue deslizándose por mis venas y yo confío en que logrará amaestrar pronto y extinguir a ese doler que ya no necesito.

Volvernos visibles: hablar del riñones y de ser paciente

Salud renal para todos en todo lugar

(Discurso en la Cámara de Diputados dentro del Foro Día Mundial del Riñón, Tratamientos de enfermedades renales)

Hace una semana fui invitada a hablar a nombre de los pacientes renales, agradezco la invitación, no dormí pensando en la responsabilidad que eso implicaba, Hoy me atrevo a compartir el texto de lo hablado ese día, con la esperanza de crear precedente y que los cambios se gesten y sucedan.

“Buenas tardes, señoras y señores diputados, presentes, pasados y futuros pacientes, agradezco este espacio, en este recinto donde cada día trabajan para que todos vivamos en una mejor realidad. Ustedes tienen en sus manos la responsabilidad de tomar decisiones de gran trascendencia. Y si hoy están aquí es porque seguramente sintieron la necesidad de cambiar la historia. Y yo no sé legislar, pero sé de las historias y cómo cambian, porque la mía cambió gracias a la voluntad de quienes estuvieron dispuestos a apostar por mí.

Pero antes de hablar de mi historia, quiero decir que esta es la historia de 10% de nuestros mexicanos, y por lo tanto también de ustedes. Seguro ya han oído hablar mucho de números, de datos técnicos, de estadísticas, pero pongámosle cuerpo, ojos, riñones a estas. De quienes estamos aquí hoy, si somos 50, 5 de ustedes en algún momento desarrollará una enfermedad renal. Y quiero pensar que querrían tener la menor atención posible, la opción de tener un tratamiento de calidad, porque de eso dependerá cómo puedan seguir en la vida. Estoy segura que si estuviera en sus manos ninguno de ustedes le negaría la posibilidad de acceder a la mejor atención que el sistema les pueda dar a sus compañeros y a quienes representan.

La enfermedad renal es una epidemia que no va disminuir si no la vemos con toda la crudeza y empezamos a tomar acciones juntos, porque la factura también la pagaremos todos por más que intentemos ignorarla. En México cada año se diagnostican 40,000 casos nuevos. Es hora de humanizar las cifras y ver directamente el problema de salud pública al que nos enfrentamos.

Cuando hablamos de insuficiencia renal, más que de una enfermedad estamos hablando de un conjunto de condiciones que llevan a una enfermedad renal crónica. A veces es la presión arterial alta lo que daña los riñones, en nuestro tiempo en ocasiones la falla renal es consecuencia de la diabetes o del Lupus, otras simplemente no se sabe qué desencadena la insuficiencia.

El sistema de datos de enfermedad renal en Estados Unidos reporta que México tiene la mayor incidencia de enfermedad renal crónica comparado con el mundo, con un crecimiento de 122% de 2000 a 2013. En la publicación la Enfermedad renal crónica en México, hacia una política nacional para enfrentarla del Conacyt y la Academia de Medicina de la UNAM, se menciona claramente que “si el número de casos que llega a etapas tardías no disminuye de manera significativa, el impacto económico de la ERC en el sector salud pondría en graves problemas su viabilidad financiera”. Estamos ante un problema enorme.

Y si vemos las cifras del Centro Nacional de Trasplantes (Cenatra) el panorama sigue siendo desalentador también en este tema, aunque se hace un gran esfuerzo. En 2015, se hicieron 2,770 trasplantes de riñón, si pensamos que la lista en ese momento tenía a 12,095 pacientes en espera de un riñón cadavérico, entre ellos yo que era mi cuarto año a la espera, vemos que aún hay mucho trabajo por hacer. “Del total de los trasplantes, 71% proviene de donadores vivos relacionados y solo una minoría (29%), de donadores cadavéricos”, menciona la misma publicación de Enfermedad renal crónica en México.

Cuando hablo de vivirlo en primera persona, es el tiempo que pasé a la espera de un riñón, la angustia cuando había cambios donde recibía mi tratamiento y cómo a la hora de ahorrar veía cómo se empezaba a comprometerse el servicio, menos tiempo, filtros de menor calidad. Y aún ahora, ya trasplantada, el hueco en el estómago cuando voy por medicamentos inmunosupresores y sé que la marca siempre cambia o que no hay en existencia Tracolimus en el IMSS y que eso compromete la vida útil de mi órgano.

En 2011, nunca imaginé que tendría que parar mi vida para conectarme a una máquina 3 veces a la semana, que pasaría por 2,272 horas en hemodiálisis, que sería parte de las 13 mil personas que esperan un riñón y que en casi seis años nunca encontrarían uno para mí de donante cadavérico.

Eso me llevó a recorrer un camino que ahora conozco y que me ha enseñado cómo la inversión en la educación puede trasformar la participación de los pacientes y convertirlos en agentes de cambio que abonen a que las acciones de salud sean exitosos, e incluso que disminuya el costo y el impacto de esta enfermedad mediante estrategias de prevención, de procuración de buenos tratamientos sustitutivos, basadas en el empoderamiento de los pacientes, creando una cultura de salud renal.

Les quiero compartir cuál es la clave desde el lugar donde pude observar la enfermedad durante estos últimos 8 años, para que esto se logre: Hay que dejar de pensar que esto se soluciona de manera aislada, el problema es complejo y la solución también lo es, pero habría que empezar por reconocer el tamaño de este problema, de esta bomba de tiempo que todos estamos ignorando, hay que trabajar en desde el conocimiento (mediante la creación del Registro de pacientes renales, con presupuesto para llevarlo a cabo) abogar por acceso para todos pero también por tratamientos de calidad, por trasplantes con pruebas cruzadas que garanticen el éxito de los riñones recién plantados. Y si bien los recursos son finitos, no lo es la voluntad de cambiar el panorama ni el insistir constantemente para que la justicia renal llegue.

La enfermedad renal es silenciosa, no hay síntomas. A nadie se le nota cuando tiene sed. Los riñones son discretos y tal vez por eso los pacientes renales también somos silenciosos.

La clave está en que nos vuelvan visibles, tangibles. No solo somos la consecuencia de la diabetes, o del lupus, o de la hipertensión. Somos muchos y cada vez más. Cada segundo se suman. Pero mientras no exista un Registro o un Plan de Atención Integral Renal, seguiremos siendo suposiciones, diluyéndonos en estadísticas.

Cada vez que tomen un vaso de agua o cada mañana mientras se bañen o cuando vayan al baño a hacer chis, eso que parece tan dado por sentado, es un privilegio que nos está negado para todos los que estamos en tratamiento sustitutivo.

Cuando los riñones dejan de funcionar, dependemos de una máquina, de un donador, de medicamentos, el ritmo se vuelve otro y entonces la prioridad para seguir en la vida es que el sistema no nos traicione, que avance, que no se detenga, que no retroceda, porque si retrocede, nosotros caeremos, y con nosotros parte importante de la población económicamente activa.

Y si bien para hacer este cambio el dinero es clave, más valioso que eso es la voluntad política, porque de nada servirán los buenos deseos, las exhortaciones, las iniciativas de ley sin presupuesto etiquetado, sabemos que son letra muerta y es ahí donde ustedes llevan el timón, donde es su labor impulsar ese cambio.

Romper el paradigma de que un sistema de salud de un país en desarrollo debe ser un sistema pobre en experiencias de calidad. El trabajo planeado, la asignación estratégica de recursos, la visión a corto, mediano y largo plazo, puede cambiar la historia.

Trabajemos en educar y comunicar con lenguaje claro, un nuevo poder nos es dado cada vez que nos nombramos, que hablamos de insuficiencia renal. La cultura de la salud renal se crea hablando así como nosotros lo estamos haciendo justo ahora.

Tenemos un gran reto frente a nosotros, que la epidemia renal no se lleve más gente. Que si bien los muertos no se quejan, trabajemos todos juntos en establecer una estrategia clara.

Que a quienes padecemos una enfermedad renal nos sea concedido poder ir a nuestro tratamiento con la tranquilidad de que habrá las condiciones adecuadas, que estamos siendo tomados en cuenta, que importamos.

En honor a Román, a don Armando, a doña Helenita, y todos los que se quedaron en el camino. Hoy pido nos sea concedida la suficiencia de la vida, que no nos olviden y cuando hablen de austeridad evalúen que esta no comprometa nuestro derecho a la salud. Porque en el territorio del sistema de salud, tarde o temprano, todos terminaremos habitando.

Caminar el asombro

Y la sed se trasformó y la escritura empezó a caer a cuentagotas, se me desbordó el vivir intenso. Han sido horas, días, de volcarme en ir y venir para construir caminos donde la voz paciente encuentre acogida. No hace ni una semana que volví de ir al encuentro de las historias paralelas que se tejen en España, en Dinamarca, en Italia, de asombrarme en cómo los procesos médicos aunque parecieran distantes en los diferentes países, cuando habitamos el hospital hay un no lugar que nos es reconocible a todos, la vulnerabilidad. Solo la dedicación del equipo médico, de nuestra red de apoyo, de los puentes que se tejen en una comunicación que transita más allá del lenguaje médico, de la lengua materna, que se vuelve cuerpo tratando de ser escuchado para que el dolor no nos arrebate lo humano, nos abre el puerto del entendimiento, del éxito de ver cómo asoma la recuperación.

Mientras vuelo de regreso a México, las turbulencias me recuerdan la fragilidad, aparece alguna sensación del trasplante fallido, hablo poco de ello, pero ese septiembre de 2011 no aparece en una imagen clarísima casi siempre es el hormigueo en algún lado que me devuelve ese sentir el limbo, en este caso son los cables de la pila de mi teléfono que se me atoran en la muñeca los que por dos segundos me devuelve al abrir los ojos en terapia intensiva cuando eran los cables de los aparatos que me mantenían viva los que me atrapaban. El vacío en el estómago cuando escucho a lo lejos pronunciar a las enfermeras “trasplante fallido”.

El avión deja de sacudirse y me asomo a la cama de nubes que atravesamos, sonrío porque regreso de compartir la felicidad de un trasplante exitoso. Ese 2011 no sabía que años después me sería regalado estar afuera de la sala de operaciones acompañando a quienes esperan, hilando las horas hasta escuchar que fue conectado con éxito el riñón, que el milagro de la primera gota de orina producida por el órgano recién puesto señala que funciona, que se acabó la sed, que el agua fluye de nuevo por ese cuerpo.

Hoy despierto bien y de buenas, agradecida, brinco de la cama y me estiro y acaricio piernas y brazos, de pronto Facebook me recuerda que hace cinco años daba gracias porque había logrado estar 10 segundos de pie, sin dolor. Y tengo necesidad del diario, porque de él me sostuve en ese febrero donde no sabía qué pasaba, donde la parte inferior de mi cuerpo se negaba a avanzar y todo era un desierto donde lo único cierto era la escritura. Hoy navego por la memoria para rescatarme, para acordarme que cada paso es toda una conquista y la siguiente respiración la única causa cierta.

 

Mañana empieza el mes donde se celebra el día mundial del riñón y yo al mío, a los míos, tengo que agradecerle la vida plena. Mucho que escribir aún, mucho que digerir para ser fiel a cada historia que me fue contada. El compromiso: afinar la voz para que las palabras encuentren el sentido, la constancia que nos haga celebrar muchas más puestas de sol con pasos firmes, bien plantados y riñones haciendo lo suyo.

 

Octubre de volverse tangible

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Hoy empieza el décimo mes, el de celebrar mi primer nacimiento. Cerré septiembre brindando por el encuentro con Kidnecito, esta vez tenía muchas ganas de festejarlo, de decirlo, de hacerlo presente, porque a diferencia del primer año juntos, ahora tengo menos miedo, sé que somos el uno para el otro, y que nuestra alianza nos hace cada día más fuertes, más enteros, más uno mismo.

Hoy también estoy estrenando, palpando lo que se hace real. Recuerdo como hace unos meses Iván nos platicaba de un proyecto que tenía entre manos, una edición que hablara de ciencia de salud, Cuau lo bautizó: Tangible, y parece que fue una sentencia, un buen augurio hecho palabra. Iván se concentró en hallar la manera de que se concretara y este 1 de octubre nace este gran proyecto.

Hablamos de que escribiera una columna desde la voz del paciente, pero a mí salirme del Diario me daba ñañaras, aunque entiendo también que el Diario de la sed cumple una función para mí mucho más íntima, que había mucho más qué decir y que tal vez necesitaba otro espacio. Así el jueves pasado, Iván me pidió la columna para el día siguiente: 28 de septiembre, terminarla en fecha emblemática me hace confiar en los destinos que se entretejen, en los signos que aún no entendemos pero que ahí están.

Y así este lunes se publica en la sección de Tangible dentro de El Universal, mi primera columna: https://www.tangible-eluniversal.com.mx/esperar  así hoy me vuelvo tangible y universal y cuerpo y espera y voz y posibilidad abierta a múltiples lecturas.

Me gustan los nacimientos en octubre, me gusta como arranca este mes. Y aquí estoy dejándome sorprender por el día a día, dispuesta a escuchar con atención el cómo y por dónde. Me gusta esta espera acompañada y activa. Me gusta los inicios y la escritura.

La voluntad amorosa: septiembre

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Ayer fui invitada por el Cenatra a dar las palabras en nombre de los receptores en la celebración del Día Nacional de la Donación y el Trasplante, cuando empecé a escribir mi discurso, venían tantas imágenes, tantas emociones que cualquier cosa que tuviera que decir era pequeña ante el acto enorme que es la donación.

Recordaba cómo hace seis años en ese mismo evento, yo estaba sentada mientras Ray recibía una medalla como homenaje a su desprendimiento, a esa disposición para entregarse, a dar su riñón como apuesta por mi vida. Y como a mí me dolía el corazón, los pulmones, el estómago, el espacio donde tendría que estar ese órgano que no pudo quedarse conmigo. Oír hablar a quienes ya habían sido trasplantados era una sensación agridulce, contradictoria, quería estar ahí pero temía, escucharlos me devolvió la fe, me alivia de cierta manera.

Septiembre es un mes de definiciones para mí, en sus días han sucedido mis trasplantes: el fallido y el exitoso. En él se celebra la donación y el trasplante. Aprovecho aquí en mi diario, para poner un cachito de mis palabras de ayer:

“Gracias a los donadores y sus familias, porque de su fortaleza y claridad para decidir donar en el momento más complejo, en este pérdida hay ganancias. Gracias a los donadores vivos que se aventuraron a demostrar el amor a su hermano, su mamá, su amigo de la forma más vertiginosa, en el quirófano. Gracias a los donadores no compatibles, los de la donación pareada, porque donan desde la fe ciega y su acto generoso se replica en cadenas. A mis tres donantes: mi hermano, Ray, mi prima Yuyi y Linda, a quien no conozco pero que llevo su regalo amoroso plantado en mí. Gracias al Cenatra, por su labor, a Global Kidney Exhange porque me dieron un segundo pase a la vida.

Quiero decirles a quienes aún esperan que hay muchos trabajando para que la salud regrese, para que alguien más pueda recuperar la vista o sus extremidades, sus latidos, para que la esperanza no se esfume. Es todo un ejército el que lucha desde diferentes trincheras, desde la sala de operaciones, desde legislar, desde las organizaciones civiles, saben que aún falta mucho por hacer, pero entre más nos sumemos mejor será este mundo. Gracias a los doctores, a las enfermeras, a los investigadores, a las redes de apoyo, a los coordinadores de trasplantes, a esos que hilan fino para que los órganos se arraiguen.

Este septiembre mi deseo es que haya menos dudas, que no sea el miedo el factor que impida que la salud retorne, que fluya la información para que los órganos arriben, para que la ignorancia no trunque destinos. Para que existan más y más dispuestos a abrirse a vivir la experiencia del verdadero dar y recibir.

Me gustaría invitarlos a recorrer este camino de dar para ser plantado de nuevo pero antes, tengo que contarles un secreto: entre donador y receptor, cuando un órgano late en un cuerpo que no es el que lo vio nacer, se crea un vínculo divino. Y cada uno de nosotros tenemos el poder de engendrar ese milagro. La magia de ejercer la voluntad amorosa y ver cómo renace la vida. Cada uno de nosotros tiene mucho para dar y mucho para recibir”.

Así este preámbulo de la celebración de los dos años de kidnecito, donde la fe se afianza cuando veo esas voluntades amorosas materializarse en cada trago de agua, en cada respiro, a cada paso. Día de celebrar donar y plantarse, de agradecer y trabajar centrados en lo que falta por hacer. Recupero esta imagen que hizo mi Maribel Fonseca para alumbrarnos a mí y a Yuyi en los días previos a nacer distintas, navegantes.