Volar, despedirse

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Escribo entre flores, té y los acordes de Lágrimas negras, son los elementos mínimos para aterrizajes suaves, para travestir turbulencias y asomos de extravío.

El domingo desperté a las 8, poco después estaba en el aeropuerto, pensaba en que por tercer año consecutivo volaba en mi cumpleaños, que me sentía irremediablemente atraída por ese lugar de tránsito, donde los destinos tienen sala de abordaje, donde me gusta jugar a que con solo cambiar de sala puedo cambiar de destino. Del viaje me quedo con el trayecto, con esa sensación de estar suspendida, envuelta en azules, mi fetiche es sumergirme en ellos, llámese agua o cielo. Sentir el vuelo era mi regalo íntimo para este mediodía. Cuando apareció la ciudad en la ventana, vino el rumbo trastocado, esa ruta que casi me sé de memoria, no era la que seguía el piloto, cuando vi que nos acercábamos a una velocidad distinta a la pista, tuve miedo en tres parpadeos distintos, hicimos tierra con llantas quemadas y humo, pulso acelerado. Y a pesar de la voz del capitán que con voz entrecortada trata de decirnos la temperatura en la ciudad, no hay rastros de que haya pasado ese miedo, ese susto, desaparece apenas la piel deja el estremecimiento.

Esa tarde, mi suegro, el papá de Cuau, se vuelve aire, se siente un norte tímido que recuerda al puerto. Don José Rodríguez Domínguez eligió compartir conmigo el inicio de su nuevo ciclo, el de ser memoria, el de conquistar lo etéreo, el de surcar los aires hacia un espacio donde no hay temblores ni edades. Un domingo de norte se despidió de máquinas y líneas que quería anclarlo para confirmar su naturaleza libre.

Este 22 del mes décimo ahora nos pertenece a los dos. Este año, gracias a don José, mi suegro, el doctor, tengo las dos caras de la moneda: el principio y un principio aún más profundo, el que perpetua la memoria. Recuerdo la primera vez que lo vi, cuando él acababa de llegar de un viaje largo a Japón y se me acercó a decirme “hasta que te conozco” y yo, impertinente, como buena jarocha, le contesté “no era yo quien estaba de viaje”, después me preguntó “¿eres más alta que Cuauhtémoc?” y yo, sin pensar, le dije “sin zapatos no”, me miro hasta el fondo de la pupila y sonrió, yo casi salí corriendo. Al principio quería confesarme muda ante ese hombre cultísimo, imponente y perfecto. Cuando supo que mi lugar de nacimiento era Veracruz, me fue concedida una cierta complicidad, le gustaba decirme dónde estaban los comercios cuando era niño, hablarme de comida y de Xalapa, donde estudió la preparatoria.

Mi suegra decía que él y yo nos parecíamos. Que ella era de mayo como Cuau y del signo Tauro, y mi suegro y yo de octubre, Libra. Él me recitaba poemas de memoria, y disfrutaba que le contara una y otra vez que a mi amigo Ramón Rodríguez, poeta cordobés, le gustaba leer su columna que publicaba en un periódico xalapeño.

Hay muchas imágenes para honrarlo pero este día de duelo me quedo con estas, las mías:

-Cuau y él comiendo una torta en Córdoba en un viaje rumbo a Veracruz.

-Nosotros en un barco a mitad del Nilo, llenos los ojos del desierto y mientras vemos el mapa, mi suegro nos cuenta historias para darle humanidad a la geografía.

-Él, un invierno en Toledo, platicando con un barrendero, preguntándole sobre su vida.

-En mi fiesta de cumpleaños quedándose para platicar con el esposo de una de mis amigas.

Él recreando sus viajes para nosotros, llevándonos a través de esos lugares y esos años con el arte de sus palabras.

-Él con sus nietos. Él, con Itzel, su nieta mayor, dormida sobre sus piernas. Él, sonriendo al oír cantar a Sofi. Él, diciéndome lo bien que escribe María. Él, sonriendo al ver jugar a Andresito. Él, pidiéndole un abrazo a Nathán. Él, llamando a Viena.

-Una noche de sobremesa, mientras esperamos a que Cuau llegue del trabajo, me suelta que él y yo somos unos suertudos. Me cuenta como caerse de un árbol le cambió la vida, me dice que él era zurdo pero no lo dejaban escribir más que con la derecha y como no lo hacía rápido lo tenían en la fila de los que no aprendían. Y como, cuando le entablillan el brazo derecho, le permiten escribir con el otro, y así se dan cuenta que era brillante, entonces todo empieza a ir bien para él.

-Mi suegro preguntándome por Cuau, diciéndome lo inteligente y brillante que es.

-Mi suegro preguntando: ¿Qué te pareció el vino, Cuau? Marisol, ¿qué hay de nuevo en Veracruz? Marisol, ¿viene Cuau contigo, a qué hora llega?

-El dormitar de mi suegro, vestido impecable, deteniéndose de su paraguas, mientras va a cuidarme una tarde en que estoy en el hospital.

Ayer lo despedimos, ayer día del médico, porque no podía ser de otra manera. A él le agradezco haber traído a la vida a mi compañero de viaje, haber educado a un hombre amoroso, leal, inteligente, sensible y entero, haber escrito en su ADN lo necesario para entender mi jarochez, mis ganas de viaje y mi fijación con los nortes. A mi Cuau lo abrazo fuerte, aquí estoy para acompañarlo en este año de duelos y le agradezco infinitamente el honor de dejarme sentir cómo es pertenecer. Otoño de volar y dejar que las lágrimas hagan lo suyo.

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Nacer

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Desde que recuerdo el día de celebrar mi nacimiento (el primero) era mi favorito porque sentía que tenía un pase all inclusive de pastel, regalos y dulces, pero lo mejor era justo ese momento donde frente a una luz cerraba los ojos y me era concedido desear, profundamente, y entonces cualquier cosa que quisiera parecía tan cercana como el calor de la vela, parecía tan cierta como ese aliento que salía de mí para darle respiración a mi deseo.

La petición cambiaba de rostro conforme cambiaban los años, juguetes, viajes, concreción de amores platónicos, publicación de libros, a veces pensaba que no pude pedir que viviera más tiempo mi papá porque supe de su enfermedad después de mi cumple y se murió antes del siguiente, a veces me convencía de que si hubiese habido vela y pastel en el inter seguro me hubiese sido concedido que se quedara un poco más, así de absurda y contundente era mi confianza en el poder de la vela. Pero durante los últimos seis años el deseo fue acaparado por un riñón, lo deletreaba cada vez que soplaba frente al pastel, pedía mi alianza con la sed.

Hace un año volvía del viaje en el que fui a su encuentro, a ese trayecto que alivió la necesidad de agua. Cuando volví a México y estuve frente al pastel, dudé un segundo, qué se pide cuando ya tienes lo más deseado, me sentí desprotegida, había que construir un nuevo impulso, y de pronto supe que quería que durara, que nos acopláramos, no volver a la máquina y viajar mucho.

Hoy llego a ese día que anuncia que otro ciclo se ha cumplido, recuerdo una carta de cumpleaños que me escribió Yuyita, cuando yo no llegaba a los veinte y donde me decía que el 22 de octubre llevaba mi nombre, eso me gustaba. Este año he aprendido que no tengo que esperar a una fecha en el calendario para desear y agradecer. Que cada que dudo pongo una mano sobre el vientre donde yace mi riñón nuevo, el regalo más asombroso, y otra sobre mi corazón, los dos sitios que me dicen latido a latido el gozo que es estar en la vida. Gracias a Cotita y a Mario por darme ese primer soplo para estar aquí.

 

Este mes décimo comparto festejos con mis dos mujeres hermosas, especiales, únicas y mías: Cotita y Constanza. Así que me regalo una mañana sumergida en azules mientras Constanza, Cotita y yo damos vueltas y cantamos, una noche de baile, una madrugada de escritura, tres vasos de agua grandes, un abrazo apretado de las dos, muchos besos y una mirada larga y profunda de mi Mar.

La perfección es poder entrelazarme con los míos, beber y ser del agua, respirar hondo y sentir la dulzura de cada trayecto. La felicidad es esta conciencia de estar naciendo a cada latido, a cada inhalar, exhalar, y poder celebrar y agradecer este asombro segundo, a segundo, a segundo…

1 año y 13 días

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El 28 de septiembre, cuando kidnecito y yo celebrábamos nuestro primer año juntos, me sorprendió en Monterrey, justo en una fábrica dedicada a hacer cervezas y yo dando un taller sobre cómo contar historias, llovió toda la mañana y toda la tarde. Por azares del destino, terminé esa jornada hablando con una chica que había intentado darle el riñón a su mamá pero no eran compatibles, hablamos mucho, nos abrazamos, decirle que había esperanza fue el mejor regalo para este tramo compartido con mi nuevo órgano. Agua, historia, donante viva, los signos diciéndome que nada es tan azaroso como parece.

Después vino un tiempo enloquecido de trabajo, las comidas a deshoras, las pocas horas de sueño, de repente una madrugada me descubrí en esa sensación desasosegada de antes del diagnóstico, donde lo que regía mis horas era volcarme en jornadas extensísimas. La realidad es que esta etapa post sismo me descolocó, como a muchos, dormir con facilidad se volvió una acción deseada, extrañada, la necesidad de azúcar y pan un monstruo de siete cabezas. El resultado fue una presión fuera de rango, altísima el viernes pasado. Fui al Imss, y la doctora Laura, con toda su preocupación y dulzura me dio medicamento, solo había tomado medicina para la presión alta en los primeros días post diagnóstico.

La verdad es que estaba muerta de miedo, le escribí a mi doctor Correa, que bien me conoce y supuso que estaba estresada al tope, y así era, entonces entro en ese círculo vicioso de medirme la presión casi cada hora y si no la veo en rango, más me estreso. Volví a meditar, a dejar la sal y el refugio de pan dulce, a hacerme una trinchera con verduras y frutas, a encomendarme a todos los santos para que todo estuviera bien.

El sábado corrí a hacerme todos los análisis y la felicidad de nuevo es un número: creatinina 0.86, kidnecito dejándome saber que estamos acoplados. Regreso y me prometo darme ese tiempo para dedicarme a mí, a nosotros, por sobre todas las cosas, a conectar con lo prioritario: escuchar al cuerpo, apapachar la piel, darle lo necesario a esta maquinaria para que marche sin sobresaltos. Que el mundo gire allá afuera, pero aquí dentro mientras sigamos respirando estaremos trabajando en lo esencial: el bien vivir, porque las segundas oportunidades son para reinventarnos, para dejar de temer andar por nuevos caminos o solo para quedarnos quietos, unos segundos, para maravillarnos con esto que es estar vivo.

Facebook me recuerda que hace cinco años me quitaron el catéter y que Cotita, mi mamá, salía de terapia intensiva después de ese accidente horrible. Noche de celebrar el amor, la vida y los cambios. De confiar y no olvidar las lecciones, de saber que este viaje es el más deseado, el que hago cada día de la mano de mi riñón.

Temblar

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Un cuarto piso en las oficinas de un periódico, estoy en el centro, el suelo vibra, alguien grita está temblando, no conozco bien este edificio, no sé las rutas de escape, nada está en su lugar, somos móviles, frágiles, piezas dentro de una licuadora, no entiendo cómo alguien me guía hasta una columna, tampoco sé porque lo único a lo que me aferro es a mi computadora que llevo en brazos y al celular, esto no para, se pone más fuerte, los sonidos anuncian que empeora, veo una luz, es el cubo de la escalera, quiero correr, pero no puedo, pienso ¿de verdad así se acaba todo? Justo ahí siento la mano de mi amiga Regina, está a mi lado, y sé que no ahí no se acaba, que estamos juntas, vivas, respirando.

Cuando el movimiento cesa, quiero salir de ahí, nada está en su sitio, se huele lo roto. El de la brigada anuncia que no podemos salir hasta que revisen que no haya daños, que nos mantengamos en la columna por si vuelve a temblar. No quiero estar ahí detenida si vuelve a temblar, no me alcanza el aire, solo saber que Regina está ahí me hace no doblarme, no enloquecer, son unos minutos espesos, enormes. Cuau me escribe, me pregunta si estoy bien, le contesto que no, que quiero salir de ese edificio. Avisa que va por mí. Pienso en la gente que está en hemodiálisis, en los hospitales, ruego que estén bien, que no haya fístulas infiltradas, catéters lastimados.

Por fin, nos dejan evacuar, salimos a un sol intenso, seco. Somos muchos y tienen que contarnos, piso por piso, Regina me va diciendo las instrucciones, yo la sigo, trato de sonreír, no sé bien porqué, como si actuar en equilibrio me fuera a devolver el interno. Ella busca saber que sus hijos están bien, admiro más que nunca su entereza, estamos en modo hacer lo que corresponde. No sé cuánto tiempo pasamos ahí, llega Cuau. Tenemos que ir por los sobrinos a la escuela pero no hay transporte y el tráfico detenido, empezamos a caminar.

Y es ahí cuando vemos el tamaño del sismo, nos seguimos sacudiendo a cada paso pero no paramos, las banquetas están rotas, los postes desmoronados, los edificios separados de la banqueta, las zonas acordonadas, y la gente… camina, corre, habla por teléfono y la pregunta que rige es ¿está bien mi mamá? ¿Ya tienes a los niños contigo?

Mientras recorro estos 8 kilómetros que nos separan de casa, cuando veo el concreto cuarteado, agradezco la vitalidad de kidnecito que me hace seguir, no pararme, tener la energía para mantener el paso. Llegamos a casa, está entera, aunque todo fuera de sitio, me sorprende ver el librero a punto de caerse, los frascos rotos.

Tenemos que ir al cajero porque no tenemos efectivo, pensábamos ir hoy al súper, no hay mucho en el refri ni en la alacena, Cuau tiene hambre, pero no hay cobro con tarjeta en los pocos restaurantes abiertos. Aparece nuestro amigo Rik y nos patrocina la comida. Volvemos a caminar buscando un sitio abierto, vemos los edificios caídos, muy cerca de casa. La gente que se organiza para dirigir el tráfico y lleguen a tiempo ambulancias, bomberos. Necesito un pan, algo dulce, suave para contener eso que no siento, que está atorado en la garganta y no puedo nombrarlo. Caminamos a Costra, nuestra panadería cerca de casa, está cerrada, no hay luz, pero están regalando el pan.

Al regreso, otro edificio, zonas acordonadas. Nos sentamos con Rik a ver la tele y ahí mi cuerpo no puede más. Me duele la cabeza, tengo náuseas, calor, le escribo a mi doctor Dib Kuri, me pide que me tome la presión, está alta. Me tomo el último Tylex de la caja. Vomito. Las sirenas suenan todo el tiempo. Entiendo que estamos vivos, que somos privilegiados, pero dentro estamos fuera de nuestro centro. No me siento bien. Mi doctor me dice que descanse, que me relaje. Cada vez que cierro los ojos veo la ciudad fragmentada, las personas sacudidas.

Apago la luz, medito una hora y logro que el dolor de cabeza se vuelva pálido. Quiero que ya amanezca. Sigue oscuro. Pongo otra meditación, por fin duermo.

Esta mañana todo es silencio, pienso en los otros, no sé muy bien por dónde o cómo ayudar, acaricio a kidnecito, le prometo cuidarlo, estar en calma por él y para él.

Hoy es 20 de septiembre, hace seis años Ray me daba su riñón, hace un año volaba a Ohio al encuentro de una vida nueva. Así este 20 de septiembre en que despierto y agradezco cada oportunidad para seguir en la vida.

Hoy en honor a la vida haré algo nuevo, algo que le dé un apapacho a mi corazón y un gracias a mi riñón. Temblar es también saberse vivo.

Los principios profundos

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El noveno mes llegó cumpliendo fielmente su naturaleza de asombrarme. Tanto ha sido el estremecimiento que apenas ahora tengo tiempo de escribir, de digerir como el agua fluye a través mío y de pronto me lleva a explorar destinos hermosos, abiertos, donde sembrar nuevas historias.

Los primeros días de septiembre, una mañana muy temprano recibí la llamada de Michael Rees, mi trasplantólogo, preguntando cómo estaba mi agenda para ir a Ginebra a conocer a Alvin Roth, mi premio Nobel favorito, y hablar del programa de Global Kidney Exchange a su lado en Bruselas. El nuevo viaje se gestó a velocidad exprés, cuatro días después estaba en un avión, ensayando a trazar con frases el recorrido de mi nueva vida.

Mientras estaba sembrada en nubes, en todos los sentidos, pensaba en la poesía, en los encuentros, en cómo lo fallido floreció, en que cada respiro en esta historia tiene una razón detrás que se va mostrando de a poco y cuando creo que ya conozco todas las sorpresas viene la vida y me desborda.

Recordaba esa primera llamada de Michael diciéndome que en tres semanas tendría a kidnecito, el primer mail de Alvin diciéndome que leyó el poema que le hice a Susan Rees, mi maga de los riñones, y ahí estaba ahora bebiendo muchos vasos de agua durante esas 12 horas de avión para que mi nuevo riñón viajara bien hidratado, pidiendo pasillo para poder ir al baño y saber que habito el sueño.

 

Y también me encomendaba a algún patrono de los escribanos, porque Michael y Alvin confiaban en que el poder de la escritura, la mía, abriera nuevos caminos para muchos otros, que tocara corazones, que quienes aún se resisten pudieran ver un poco la belleza de este programa internacional, de la fuerza del algoritmo que devuelve al cuerpo lo faltante.

Me gustan los aviones y los viajes largos porque me colocan en un limbo para inventarme historias, para volver en la memoria a lugares extrañados y porque esa volatilidad, ese sentir que floto vuelve coherente cada minuto por el que sigo aquí. Y curiosamente ahora hay menos incomodidad que antes del diagnóstico porque cuando siento que no puedo más recuerdo mis cuatro horas en hemodiálisis con agujas, muevo los brazos y respiro libertad, esta máquina enorme es más amable.

Aún no encuentro las palabras para decir cómo se siente encontrarse con Alvin, cómo es estar frente a los dos hombres que crearon la manera para hallar riñones compatibles, a qué ritmo se sacude kidnecito para agradecer a esos papás renales, cómo debe ser el tono de voz para hablar ante quienes pueden definir el rumbo de los trasplantes a nivel mundial, cómo se siente escoger los verbos adecuados para que la acción suceda.

Lo que si sé ahora es que los finales felices son en realidad principios profundos.

Y aquí les dejo un pedacito de lo que dije una mañana en Bruselas, mis certezas después la experiencia de Global Kidney Exchange:

1.- La voluntad amorosa es el motor (para investigar, para dar un riñón, para buscar el alivio de quienes vivimos la sed, para que personas que no me conocían estuvieran dispuestas a cooperar porque yo siguiera aquí).

2.- La vida no puede ser todo lo medible que quisiéramos. Yo podría responder cuál es mi nivel de hemoglobina, de creatinina, de urea. pero cómo le describo a quien nunca ha tenido sed o ha dejado de orinar la sensación de mi primer vaso de agua interminable o de vaciar la vejiga. O el nivel de amor que hay cuando receptor y donante se encuentran. Ese es el verdadero match.

3.- La esperanza mezclada con voluntad son una fuerza tan poderosa que atraviesa fronteras, cambian el mundo y no se detienen ante lo incompatible.

4.- Los órganos no tienen nacionalidad.

5.- Las formas de trasformar paradigmas es cuestionando cómo podemos hacerlo de mejor manera, no en cantidad sino calidad. Michael y Alvin encontraron el mejor camino para mí, porque era el único posible.

6.- Aprender a recibir, a escuchar, a salir de la zona de confort, a ir más allá de las etiquetas es lo que nos devolverá la libertad, lo que acabará con los miedos.

Hace un año muchos de ustedes se sumaron para que mi trasplante fuera posible y aquí estoy hoy, viviendo con mi match perfecto.

Noche de agradecer la generosidad, la suya, los encuentros y el privilegio de estar en la vida.

Miedo y equilibrio

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Cuando la desazón aprieta lo único seguro para mí, desde siempre, es la escritura. Ayer mientras iba rumbo al Hospital de Nutrición oía las noticias, un trailer circulaba indebidamente por los carriles centrales de periférico y perdió el control, se estrelló contra cuatro carros, el saldo: un muerto y varios heridos. Se me encogió el estómago, descubrí que mi miedo a los accidentes de auto había regresado, eso que se fue con el diagnóstico porque su lugar pasaron a ocuparlos otros de mayor importancia esos días, como que funcionara el catéter o que la máquina de hemodiálisis no se parara, había regresado apenas vio oportunidad.

 

Y aunque en el hospital el doctor me dijo puras cosas buenas, una angustia extraña se había instalado. En la noche una amiga me contó cómo escapó a un asalto y mi mejor amigo me dijo que había visto cómo encañonaban a un automovilista justo frente a su casa, donde había estado la noche anterior. Esta mañana leo sobre el atentado en Barcelona, y me quiebro. Hace unos días veo lo de Estados Unidos y descubro que quien manejaba el auto vivió muy cerca de donde estuve en los días de mi trasplante. Pienso que no existe lugar seguro. Ni Veracruz, ni la Ciudad de México, ni Barcelona, ni Niza, ni Estados Unidos.

Entonces recuerdo que el lugar seguro externo es una ilusión, esa fue de mis primeras lecciones cuando llegó la insuficiencia y no debo olvidarlo.

 

Justo ahora tengo la sensación de haber perdido algo y así es, hay un equilibro roto, algo trastocado, como los primeros días de la enfermedad. Entonces me tomo unos segundos para asimilar desde el teclado desde donde quiero habitar este mundo, para respirar y concentrarme en lo inmediato, en lo que para mí es necesario para vivir bien en el segundo que es mi única posesión: estar con los míos, con lo querido, refugiarme en la belleza que es seguir aquí.

 

Vuelvo a la esencia, a escuchar las palabras del psicólogo de la Clínica del dolor en mis días del hospital, cuando me pedía hiciera una lista de las cosas que me podrían hacer sentir mejor. No pienso cederle mi paz a la violencia, me repito, así como cuando en los peores momentos de tortura física cuando el tiempo del dolor y las agujas me decía a manera de mantra “tendrán mi cuerpo pero no mi corazón ni mi mente y ellos juntos son más poderosos que cualquier dolor”.

 

Mi forma de cobijarme en estos días es amar, hacer lo que me corresponde y darme una dosis de placer: hoy volveré al mar, entonces sabré que muy dentro hay algo que se recupera y que de alguna forma estaremos bien.

La paciente

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Hoy hace cuatro años de la primera entrada en este mi Diario de la sed. Tomé la decisión de escribir el día a día de la insuficiencia renal cuando todas las esperanzas habían naufragado. Unas semanas antes habíamos ido a repetir pruebas de compatibilidad con mis primos y poco después me hablaron para informarme que mis anticuerpos eran tan altos que no sabían si el trasplante sería viable en algún momento.

Este fue uno de mis mayores quiebres, me craquelé muy dentro, no podía pensar en el futuro, no quería hacer planes, sabía que con suerte y cuidados podía aguantar muchos años en complicidad con mi máquina de hemodiálisis, pero en ese instante no había fuerza para pactar alianzas de largo aliento. Estaba tan bloqueada que cuando me preguntaban ¿cómo estaba? Era incapaz de ir más allá de un estoy bien vacío, hueco.

Y como los huecos hay que llenarlos y tenía que encontrar una forma de atravesar este espacio infinito que se abría ante mí tan de repente, apareció la escritura para ayudarme a concentrarme en cada frase, en la respiración, en ese ahora que me trajo a este otro tan luminoso.

Cuatro años después mis días pasan entre editar textos e ir a entrevistas para contar la historia, ahí mi título es el de Paciente, quedo despojada de cualquier otro cargo para describirme, solo soy la que tuvo y tiene paciencia.

Esta voz se ha curtido en la espera, aguardando el tiempo en que volver a beber agua, viajar, dar caminatas largas o tener desvelos solo por el placer de estar no fueran algo espeso e inaguantable. Cuatro años después esta paciente ha aprendido a nombrar, a convocar, a hacerse visible, a no temer hacer ni preguntas ni respuestas. A entender que si hay doctores es porque existimos los pacientes y en esa medida caminamos juntos, de la mano, como iguales.

Martes de celebrar estos cuatro años de decir para restaurar el equilibrio, de hallar cómo saciar mi sed desde las letras. Gracias a todos ustedes que con su lectura me han acompañado en antesalas, hospitales, dudas y certezas. Gracias por estar aquí hoy también para acoger a kidnecito, por permitirme vincularme en los momentos más duros y los más dulces. Gracias por enseñarme lo valioso de la red de afectos. Martes de brindar por el poder de la palabra.