Miedo y equilibrio

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Cuando la desazón aprieta lo único seguro para mí, desde siempre, es la escritura. Ayer mientras iba rumbo al Hospital de Nutrición oía las noticias, un trailer circulaba indebidamente por los carriles centrales de periférico y perdió el control, se estrelló contra cuatro carros, el saldo: un muerto y varios heridos. Se me encogió el estómago, descubrí que mi miedo a los accidentes de auto había regresado, eso que se fue con el diagnóstico porque su lugar pasaron a ocuparlos otros de mayor importancia esos días, como que funcionara el catéter o que la máquina de hemodiálisis no se parara, había regresado apenas vio oportunidad.

 

Y aunque en el hospital el doctor me dijo puras cosas buenas, una angustia extraña se había instalado. En la noche una amiga me contó cómo escapó a un asalto y mi mejor amigo me dijo que había visto cómo encañonaban a un automovilista justo frente a su casa, donde había estado la noche anterior. Esta mañana leo sobre el atentado en Barcelona, y me quiebro. Hace unos días veo lo de Estados Unidos y descubro que quien manejaba el auto vivió muy cerca de donde estuve en los días de mi trasplante. Pienso que no existe lugar seguro. Ni Veracruz, ni la Ciudad de México, ni Barcelona, ni Niza, ni Estados Unidos.

Entonces recuerdo que el lugar seguro externo es una ilusión, esa fue de mis primeras lecciones cuando llegó la insuficiencia y no debo olvidarlo.

 

Justo ahora tengo la sensación de haber perdido algo y así es, hay un equilibro roto, algo trastocado, como los primeros días de la enfermedad. Entonces me tomo unos segundos para asimilar desde el teclado desde donde quiero habitar este mundo, para respirar y concentrarme en lo inmediato, en lo que para mí es necesario para vivir bien en el segundo que es mi única posesión: estar con los míos, con lo querido, refugiarme en la belleza que es seguir aquí.

 

Vuelvo a la esencia, a escuchar las palabras del psicólogo de la Clínica del dolor en mis días del hospital, cuando me pedía hiciera una lista de las cosas que me podrían hacer sentir mejor. No pienso cederle mi paz a la violencia, me repito, así como cuando en los peores momentos de tortura física cuando el tiempo del dolor y las agujas me decía a manera de mantra “tendrán mi cuerpo pero no mi corazón ni mi mente y ellos juntos son más poderosos que cualquier dolor”.

 

Mi forma de cobijarme en estos días es amar, hacer lo que me corresponde y darme una dosis de placer: hoy volveré al mar, entonces sabré que muy dentro hay algo que se recupera y que de alguna forma estaremos bien.

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Tras bambalinas

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Y escribo de esto que pasa en la soledad del quirófano para no olvidar, para documentar, para dejar constancia de cómo los números pueden salvarnos. El martes llegué al Hospital de Nutrición para una operación ambulatoria de desmantelamiento de fístula, es decir, de entrada por salida. El área encargada de hacerlo es angiología, las indicaciones eran no tomar nada, llegar en ayunas y sin medicamentos.

Cuando vi que la espera iba para largo fui a preguntar si debía tomar mis inmunosupresores, las enfermeras no sabían, no había anotaciones en mi expediente, así que fui al área de trasplantes a indagar, una doctora muy amable me atendió, y dijo que los tomara con poquísima agua y así lo hice.

Vinieron más horas de espera y de pronto aparecieron los doctores, jovensísimos y dispuestos a meterle mano a su tarea del día: yo. Me preguntaron en cuánto estaba mi creatinina, por suerte la doctora de trasplantes me había dicho que .9. No me explicaron mucho más, respondieron a lo que pregunté y aseguraron que no tardaría más de dos horas y media en estar afuera.

Apareció el camillero, me despedí de Cuau y me encaminé a ese limbo que existe antes de la sala de operaciones, un cuarto pequeñito donde forman a los pacientes por entrar a cirugía, donde los doctores de este hospital escuela hablan, bromean, descansan, en una coreografía perfecta para nunca ver a los ojos a quienes serán operados, ese lugar en que el paciente se vuelve un objeto y donde cualquier medición del tiempo se vuelve un absurdo.

En esa hora, segundos, minutos, solo una doctora me sonrío, es decir me vio. Después la encontré en el quirófano, era una de las anestesistas. En la hoja que les dieron mi estatura está mal, aparece un 1.59 en lugar de 1.65, dato básico para calcular la cantidad de anestesia. Oí que me iban a hacer un bloqueo, no me iban a dormir completamente, a mis insistentes preguntas me explicaron que con un ultrasonido iban a detectar la zona exacta donde puncionar para dormir solo el brazo.

Con ultrasonido y todo entraron tres veces sin lograrlo, iban a hacerlo una vez más cuando una de las doctoras dijo ya llevamos cuatro cargas no podemos ponerle cinco, me preguntaron si sentía dormida la mano, les dije que no, pero en ese momento sentí que el pecho se dormía y no podía respirar ni hablar, me asusté, supe que habían errado el camino, de inmediato me pusieron la mascarilla para anestesia general.

Desperté cinco horas después, ahora que lo pienso nadie me dijo qué pasó ni si había salido todo bien. Cuau seguía en la sala de espera sin noticias. Tardé en recuperarme, cuando me llevaron al área de estancia corta no estaba Cuau porque nadie le avisó que ya había salido. Tuve que quedarme esa noche en el hospital.

Una noche larga para pensar y sentir la vulnerabilidad, para ver como el sistema de salud está desbordado, cómo pasa factura y cómo si trabajaran de la mano pacientes y doctores serían más amables estos trayectos tan llenos de azar. Me preguntaba en qué momento desaparecieron los médicos de familia, esos seres llenos de sabiduría que no solo conocían el cuerpo en su totalidad sino también las redes de afectos que lo sostienen.

A la mañana siguiente, revisión rápida, cita para la semana que viene, indicaciones de qué hacer con la herida y yo para ellos solo son un acceso vascular desmantelado. Descubro cómo amanece y sé que la suerte sigue de nuestro lado.

Kidnecito y yo seguimos juntos, estamos bien, a pesar de la sobre especialización intente olvidarnos, meternos el pie, somos muy necios y peleoneros cuando se necesita 🙂 Confíamos en que hay esperanza y que hallaremos la manera de construir más puentes, porque sabemos que los milagros existen, nacimos optimistas.

 

 

Susto y paz


Hace como tres semanas empecé a hacer ejercicio, solo caminata, necesitaba moverme, conectar desde cada paso dado, 20 minutos al principio y fui subiendo el ritmo y el tiempo de a poco, hasta lograr 55 minutos. 

El miércoles me sentí tan bien, que me aventuré con carreras cortitas, de un minuto, mezclado con mis tramos de caminar. El caso es que el miércoles en la noche me empezó a doler la pierna del lado donde vive Kidnecito. Estaba con un amigo en casa, tomando un té y yo sentía como el dolor iba abandonando su timidez para descararse, pero yo no le quería decir nada para no asustarlo (y asustarme), no quería que se fuera (porque no quería quedarme solita) y al mismo tiempo quería quedarme sola para correr a la cama a revisarme, ver y tocar el lado izquierdo, donde está mi cicatriz, para confirmar que no había cambio de temperatura, ni de color, ni de tamaño…

Fueron como dos horas y media de dolor, no quería ir al hospital, no tenía fiebre, no quería tomar analgésicos para detectar si había algún cambio en la sensación. Establecía diálogos intensos y amorosos con Kidnecito, con mi cuerpo, con la piel, con cada una de mis células, conmigo misma, inhalaba, exhalaba, y me repetía “no corro, no grito, no empujo”. Cuando Cuau llegó a casa, el dolor ya se había desvanecido casi completamente. Su teoría era que tenía que ver con la intensidad del ejercicio y no con el trasplante, me preguntaba si quería que fuéramos al hospital. Y yo le decía “please no, el viernes tenemos análisis y cita con nefrología”.

El jueves se me hizo inmenso, espesísimo. Y hoy a las 5 de la mañana ya estaba despierta para correr a los laboratorios e ir a mi cita. Me revisó el doctor, me dijo que todo se veía perfecto, me hizo levantarte, rotarme, de un lado del otro, y coincidió en que es muy probable que fuera una cosa muscular más que algo relacionado con el trasplante, pero que si había algo los resultados de los análisis lo dirían.

A las 5 de la tarde entré a la web para ver los resultados, todo perfecto, creatinina en .9, hemoglobina en ¡13! Calcio en 10. Es la primera vez que la hemoglobina está dentro del rango normal, la paz y la felicidad vinieron de la mano de estos números. Leo cada línea de los análisis como si fuera la carta de amor más perfecta que hubiese recibido. Me preparo un té verde perfumado para celebrar: su nombre “corazón tranquilo”. Así este día donde por ahora estoy en mi lugar feliz, a salvo de cualquier tormenta.

Gratitud corporal


El sábado regresé de Veracruz, este fue mi primer viaje sola, voy acoplándome y conociendo las reacciones de este cuerpo que cambia, que responde, que va de a poco, ahora es el lado izquierdo el protagonista, el que se hace presente cuando algo no le acomoda y en especial mi pierna. Después del viaje en avión empieza a hincharse y entre el calor y el ejercicio apareció el dolor, cada día esperaba que mejorara pero nada, ni masajes ni agua de jamaica lograban aligerarla, el viernes le llamé a mi doctor Correa ya preocupada, primero me mandó a tomarme la presión (que estaba perfecta, si hubiese estado alta sería un signo de que algo no marcha bien con el nuevo órgano) y después a reposar porque esa inflamación es secuela del trombo que tuve en 2014 sumada a la reciente manipulación por el trasplante, un combo ganador que le llaman.

Hoy tuve análisis en el Hospital de Nutrición, todo marcha perfectamente, el doctor confirmó que lo de la pierna tiene que ver más con una secuela de aquella trombosis que con algo relacionado con el nuevo habitante de ese lado izquierdo. Llegué a casa y me encontré un mail de un reto de meditación al que me inscribí la semana pasada para agradecer al cuerpo. Durante la meditación guiada pedían que fuéramos conscientes de esa parte de nuestro cuerpo que más trabajo nos cuesta aceptar y de inmediato pensé en la parte donde está la cicatriz del primer trasplante porque quedó un poco más grande que el otro lado, y después la grabación cuestionaba qué es lo que nos molestaba, y de repente me di cuenta que esa parte protuberante me hacía pensar en lo fallido.

En esta nueva etapa, me costaba ver mi vientre con sus cicatrices y la inflamación normal de quien fue sometido a una intervención del tamaño de la mía. Y a mitad de la meditación mis ojos eran río desbordado porque me di cuenta todo lo que había pasado este cuerpo mío para llegar a fluir, todo lo que me había permitido, supe entonces que ni a él ni a mí nos definen los kilos que marca una báscula o las marcas o los moretones, lo que nos hace ser quienes somos es la entrega y el amor a seguir en la vida de la manera más alegre y consciente posible.

Y entonces mi acto de gratitud para él este lunes incluye acariciarlo pausadamente con una crema deliciosa, decirle que aprecio la belleza con la que se recupera de cortadas y golpes, la fuerza que tiene para que ahora pueda permitirme caminar 45 minutos seguidos y yo puedo ir confiada en cada paso que doy. La entereza con que me permite estar de pie y mirarme de cuerpo entero, absolutamente.

Así este seguir aprendiendo y reconciliando las inseguridades más profundas. La disciplina y consentirse en dosis iguales (por contradictorio que parezca) son mis compañeras esta semana.

La libertad


Despertar de a poco, sin tener que salir corriendo, calentar el agua para un té, saborear el trozo de pan calientito con miel, mientras el Sol se cuela por la persiana y me descubre cantando, por un segundo tengo conciencia de la libertad, no tengo que ir a hemodiálisis ni a consulta ni a análisis, el doctor me vio tan bien que mi próxima consulta es hasta el 5 de diciembre, más de una semana sin piquetes ni travesías antes del amanecer para llegar a tiempo al hospital.

Sigo revisando cada rincón para deshacerme de todo eso que ya no es necesario y mientras voy tirando los papeles inútiles descubro otros que son señales en el camino. Abro una maleta que tenía guardada de una mudanza anterior, la de 2010, justo antes del diagnóstico, encuentro un poema que me dedicó mi amigo Juan Joaquín y las palabras tan vigentes, tan ciertas, tan necesarias en esta semana: “no preguntes improvisa/ avanza y disfruta las cosas que encuentres”… Así ando por estos días.

Ayer le escribí un mensaje de texto a mi donadora, que tiene un nombre que para mí dice mucho, Linda Primas, tenía queriéndolo hacer desde que Susan Rees me dio su teléfono en el aeropuerto antes de irse de regreso a Toledo, pero cualquier palabra me parecía torpe para decirle cómo sentía su amor y dulzura en mi cuerpo, este que no conoce, ese que pasó de no tener nada que ver con ella a estar ligado de la manera más íntima posible a través del riñón compartido. Esa fue mi acción de gracias y fue tan liberador poderle contar cómo el amor por su hijo me alcanzó en una suerte de reflejos felices, así como el amor de Yuyi alcanzó a Michelle, y como cada uno de los que fuimos parte de esa cadena de donación hizo que su dar se multiplicara, una suerte de caleidoscopio de deseos concretados. 

Viernes de quedarse en el lugar del amor, de estar libre, de culpa, de ataduras, del deber ser, de lo convencional y las esperas. Y sí, hoy suena como una canción de jazz…

Sin prisa


Este exceso de energía logra que ahora baile todos los días y duerma menos, cada mañana a las 5:30 ya estoy lista para volverme una con el día aunque el sol ni siquiera dé señales de que viene en camino. Hoy me tocó cita en Nutrición para análisis y cita médica, presión perfecta, pierna deshinchada, niveles increíbles, los veo y parpadeo varias veces antes de creerlos.

Ayer hace un mes que regresé de Ohio y el cambio de vida es asombroso, no es nada sutil y sí muy profundo, ese órgano pequeñito que cabe en una mano y llegó en una caja desde Wisconsin me está dando un tiempo exquisitamente hermoso. Cada tanto veo el video donde lo conectan, donde mi sangre lo recorre y le devuelve el color con la misma contundencia con la que él me está devolviendo la felicidad de sentir una libertad muy mía. Cuando me cuesta trabajo creer que estamos ahí, kidnecito y yo cada día más compenetrados, acaricio el dije que me regaló Yuyi y mi cicatriz y agradezco con cada temor, con cada duda, con cada segundo sin sed. 

Quiero ir lo más ligera posible por el mundo, por eso limpio mi clóset, me deshago de lo que ya no necesito, rompo los papeles, las facturas de hemodiálisis, de los análisis de cada mes, en esta segunda versión mía quiero quedarme solo con lo esencial. Lo mismo pasa con la alacena, con el estudio, con los archivos de mi compu, con los afectos, me quedo solo con lo sano en todos los renglones de mi vida.

Dedico horas a despejar cada rincón para que la reinvención encuentre su sentido, también a leer, a editar el poemario de la sed, a consentir el cuerpo y a fluir. De a poco voy entendiendo que esta soy yo, me tomo todo el tiempo necesario para reconocerme, para escuchar lo que cada dolor por mínimo tiene que decirme, para volver el ritual de las pastillas un momento para pactar tres veces al día con mi nuevo órgano, aliarnos y transitar de la mano, acompañados para ir no más lejos que solo el ahora, este ahora que me tiene absolutamente enamorada y que me entrena en deshacerme de la prisa.

El regreso


El viernes fue mi última consulta en el Hospital de la Universidad de Toledo, después tuvimos una hermosa fiesta para celebrar mi cumpleaños y el de Susan Rees, esposa de Michael y quien coordinó todo lo relacionado con mi riñón y con los otros riñones de la cadena. El de ella fue el 20 y el mío el 22, que era justo el día de mi regreso. Así recibí este aniversario bailando junto a la dulzura del río, bebiendo sin culpa y dejando que la sed repose.
 
El sábado me tocó ver el amanecer en el aeropuerto y cuando subimos al avión de pronto tuve la urgencia de ir a hacer chis y supe que el deseo más profundo había sido concedido: tenía un riñón que se encargaría de deshacerse del agua y las toxinas, ¿qué más podía pedir? Que se quedara muchos muchos años conmigo.
 
Lo mejor de aterrizar, de volver, es el encuentro con los míos, llenar de besos a mi sobrina Constanza, abrazar a mi mamá y a mi hermano, vernos a los ojos y saber que cambiamos la historia, que este final feliz nos pertenece, y aunque yo nunca podré devolverle el riñón perdido a mi hermano, la única manera que hallo para resarcirlo es que él disfrute conmigo este compromiso con la vida.
 
Esa tarde partimos un pastel con amigos cercanos y familia. La verdad es que en Toledo hice una vida normal, la mayor parte del tiempo sin cubrebocas, de cena en cena, todos sabían que estaba inmunosuprimida, es decir que había noqueado mis defensas con medicamentos para que el sistema inmune no rechace el nuevo órgano.
 
 
Ese sábado de un cumpleaños diferente, plenísimo, celebrando la vida al máximo, de pronto uno de mis amigos llegó con cubrebocas porque había tenido gripe, la verdad me desconcerté cuando lo escuché toser, tuve un miedo nuevo, que no conocía, me sentí en riesgo y no sabía cómo decirle que prefería que se fuera, se enfrentaban el deber ser con el cariño, claro que me daba gusto verlo, que quería celebrar con él pero por otro lado quería salir corriendo de mi casa porque una gripa me pone en un riesgo mayúsculo.
 
Esa noche lo pensé muchísimo, descubrí que aquí no voy a poder hacer la vida que hice en Ohio, tan solo por el volumen de gente que hay en todos lados, allá no había casi nadie en las tiendas, aquí a cualquier hora hay mucha gente y aún me quedan dos meses de cuidados extremos. También llegué a la conclusión de que la próxima vez que no me sienta cómoda porque alguien aún enfermo decidió venir a verme, me morderé la pena y le pediré con todo el amor de mi corazón que me visite cuando sane, porque si bien no tengo control sobre mis idas al hospital o las tiendas, sí lo tengo sobre mi casa. Y quedan poco más de 60 días para que pueda ser un poco más normal, con mi llegada se rompió el espejismo, esta es mi realidad y la asumo y la navego de la mejor manera.
 
Este tiempo fuera tenía la sensación de estar dentro de un sueño, no sabía ni qué día era y las idas al hospital eran tan amables que tenían ese toque de irrealidad, pero lo mejor del regreso es volver a los lugares de siempre y entonces confirmar que sí pasó. El lunes me desperté a las 5 como todos los lunes de hemodiálisis, era como si mi cuerpo al estar en México volviera a su rutina, fui al baño medio dormida, me vi en el espejo y automáticamente pensé cuántos litros me sacarán hoy, de repente terminé de despertar cuando descubrí que era libre, que no tenía que ir a hemodiálisis ni ese lunes, ni el miércoles ni el viernes mientras kidnecito haga lo suyo. Y bailé y reí y supe que mi felicidad es líquida.