Tras bambalinas

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Y escribo de esto que pasa en la soledad del quirófano para no olvidar, para documentar, para dejar constancia de cómo los números pueden salvarnos. El martes llegué al Hospital de Nutrición para una operación ambulatoria de desmantelamiento de fístula, es decir, de entrada por salida. El área encargada de hacerlo es angiología, las indicaciones eran no tomar nada, llegar en ayunas y sin medicamentos.

Cuando vi que la espera iba para largo fui a preguntar si debía tomar mis inmunosupresores, las enfermeras no sabían, no había anotaciones en mi expediente, así que fui al área de trasplantes a indagar, una doctora muy amable me atendió, y dijo que los tomara con poquísima agua y así lo hice.

Vinieron más horas de espera y de pronto aparecieron los doctores, jovensísimos y dispuestos a meterle mano a su tarea del día: yo. Me preguntaron en cuánto estaba mi creatinina, por suerte la doctora de trasplantes me había dicho que .9. No me explicaron mucho más, respondieron a lo que pregunté y aseguraron que no tardaría más de dos horas y media en estar afuera.

Apareció el camillero, me despedí de Cuau y me encaminé a ese limbo que existe antes de la sala de operaciones, un cuarto pequeñito donde forman a los pacientes por entrar a cirugía, donde los doctores de este hospital escuela hablan, bromean, descansan, en una coreografía perfecta para nunca ver a los ojos a quienes serán operados, ese lugar en que el paciente se vuelve un objeto y donde cualquier medición del tiempo se vuelve un absurdo.

En esa hora, segundos, minutos, solo una doctora me sonrío, es decir me vio. Después la encontré en el quirófano, era una de las anestesistas. En la hoja que les dieron mi estatura está mal, aparece un 1.59 en lugar de 1.65, dato básico para calcular la cantidad de anestesia. Oí que me iban a hacer un bloqueo, no me iban a dormir completamente, a mis insistentes preguntas me explicaron que con un ultrasonido iban a detectar la zona exacta donde puncionar para dormir solo el brazo.

Con ultrasonido y todo entraron tres veces sin lograrlo, iban a hacerlo una vez más cuando una de las doctoras dijo ya llevamos cuatro cargas no podemos ponerle cinco, me preguntaron si sentía dormida la mano, les dije que no, pero en ese momento sentí que el pecho se dormía y no podía respirar ni hablar, me asusté, supe que habían errado el camino, de inmediato me pusieron la mascarilla para anestesia general.

Desperté cinco horas después, ahora que lo pienso nadie me dijo qué pasó ni si había salido todo bien. Cuau seguía en la sala de espera sin noticias. Tardé en recuperarme, cuando me llevaron al área de estancia corta no estaba Cuau porque nadie le avisó que ya había salido. Tuve que quedarme esa noche en el hospital.

Una noche larga para pensar y sentir la vulnerabilidad, para ver como el sistema de salud está desbordado, cómo pasa factura y cómo si trabajaran de la mano pacientes y doctores serían más amables estos trayectos tan llenos de azar. Me preguntaba en qué momento desaparecieron los médicos de familia, esos seres llenos de sabiduría que no solo conocían el cuerpo en su totalidad sino también las redes de afectos que lo sostienen.

A la mañana siguiente, revisión rápida, cita para la semana que viene, indicaciones de qué hacer con la herida y yo para ellos solo son un acceso vascular desmantelado. Descubro cómo amanece y sé que la suerte sigue de nuestro lado.

Kidnecito y yo seguimos juntos, estamos bien, a pesar de la sobre especialización intente olvidarnos, meternos el pie, somos muy necios y peleoneros cuando se necesita 🙂 Confíamos en que hay esperanza y que hallaremos la manera de construir más puentes, porque sabemos que los milagros existen, nacimos optimistas.

 

 

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Miércoles plenísimo


A cuatro semanas del encuentro con kidnecito, hoy desperté antes de que saliera el sol, mucho antes para ir al hospital de Nutrición a los primeros laboratorios y consulta al área de trasplante. El lunes ya había estado ahí para ver a mi doctor Correa, antes de llegar a nefrología saludé al doctor Rojas, el nefrólogo a cargo durante mi estancia de casi dos meses en el hospital en 2014, me dijo que sabía de mi trasplante, nos dimos un abrazo ese de quienes han pasado juntos por las malas y de repente se hallan en las buenas. Después cuando vi al doctor Correa quería lanzarme a sus brazos o brindar con él, este era el momento que habíamos esperado durante tanto tiempo: el de las buenas noticias.
 
El martes tocó encontrarme con otros dos doctores importantísimos en que el sueño fuera posible: el doctor Eric Vélez y el doctor Dib Kuri. Ver ese brillo en los ojos, hacía latir el corazón y riñón más fuerte y a ese ritmo yo sabía que no me alcanzan las palabras y la vida para agradecerles sus cuidados, su confianza, su apuesta y celebrar juntos el resultado es todo un privilegio.
 
Y ahora entrenarme en lo que serán mis idas al hospital los próximos dos meses. El doctor que me vio hoy se llama doctor Solar, me encanta su nombre siento que un doctor Solar solo puede dar buenas noticias. Tuve que llamar a las 5 de la tarde para saber los resultados del laboratorio y me dijeran si había ajustes en los medicamentos, los hubo, unos pocos, pero el número que me enloquece de alegría es saber que la creatinina sigue en 0.8 (grito y después sonrisa desbordada).
 
 
Este miércoles el brazo duele menos, siento que día a día kidnecito y yo nos vamos afianzando. Entonces no me queda más que bailar entre la sala y el comedor a media luz para abrazar todos los temores y los fantasmas y decirles que estamos en paz, entre flores y muchas tazas de té, agradezco también toda la sed de los cinco años previos porque por ella, estos instantes en que aparece y puedo acariciarla a tragos largos hasta que queda lánguida y satisfecha, me siento la más dichosa de poder celebrar su calma y la energía recién nacida que me deja bailar de golpe cinco (casi seis) canciones seguidas.
 
Estos son los días deslumbrantes y a la salud de ellos, me dispongo a ir de a poco dándole gusto a este cuerpo reinventado.

Análisis y calor

  

Empieza la temporada de ir al Hospital de Nutrición a dejar tubitos de sangre para los análisis de cada seis meses y en dos martes ida a la Seroteca, se acabó la vacación de doctores y muestras y de regreso a la espera oficial. Esta mañana la antesala del laboratorio estaba extrañamente vacía y a pesar de eso los minutos en que no paso se espesan y al final la aguja siempre es dolorosa. La noche anterior a los análisis no duermo bien, regresa la sensación de examen para el que no estudias, aunque la verdad estoy en una buena época, con energía y sin contratiempos. 

Mis agobios son casi superficiales como sufrir porque el termómetro marca muchos grados y yo quiero ir con tirantes pero mi fístula cada vez menos tímida y contundente me obliga a buscar vestidos con mangas. Y vuelve mi relación amor odio con ella, le agradezco su buen funcionamiento, que alcance flujos altos y que me dé sesiones fluidas, pero no puedo con sus marcas, moradas, con los aneurismas delatando mis insuficiencias. El calor me lanza de lleno a mis inseguridades y a la sed y a pesar de eso la primavera con sus jacarandas me parece deliciosa. Descubro que aunque titubeo, voy domando de a poco mi vanidad ¿y la sed?… Ella sigue fiel, amorosamente colgada de mi brazo.

Razones para brindar

Ayer fui a análisis muy temprano y hoy tuve cita con mi doctor Correa, todos los indicadores perfectos. La hemoglobina casi en 10, la creatinina en 8, presión arterial de quinceañera, me encanta venir a consulta con mi nefrólogo porque siempre puedo hablar de todo con él, me entiende y está abierto a escucharme, amo su sentido del humor pero por sobre todas las cosas agradezco el respeto que demuestra a sus pacientes y la calidad de ser humano que es, un garbanzo de a libra que le llaman.

Saliendo de consulta ni Cuau ni yo habíamos comido y eran casi las 8 de la noche, le propongo ir al restaurante del hospital. Y de repente nos cae el veinte que hace dos años yo estaba internada aquí, aún no teníamos un diagnóstico de la bacteria asesina y yo moría de dolor, no podía caminar… Qué lejos parecen esos días.

No puedo con la euforia, hasta el aire frío me sabe delicioso. Cuau pide una cerveza, me cuenta que hace dos años no vendían alcohol en este restaurante, nos miramos cómplices y brindamos por estas tardes de tregua, porque no importa lo que venga siempre habrán estos momentos en que la dicha es un trago largo, lento y sin dolor y con eso hoy nos basta y sobra, ¡salud!

La primera del año

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6:00 de la madrugada, suena el despertador y sé que tengo que ir al Hospital de Nutrición a dejar la primera muestra de sangre para la seroteca. Me doy cinco minutos más y en ese parpadeo sueño que no llego a tiempo, estoy perdida en Xalapa, pero me gusta estar extraviada, no hay agobio en no encontrar el hospital, despierto y por un segundo coqueteo con no ir, quedarme acurrucada y olvidarme del deber ser.

Hace mucho frío e ir a que me piquen el brazo no me parece nada atractivo. Cuau me acompaña, esperamos más de 40 minutos, las pláticas de pasillo no son muy alentadoras esta mañana, una mujer de entre 30 y 40 años cuenta que llevaba 8 años en hemodiálisis y que la trasplantaron y que perdió el órgano, quiero saber por qué pero en eso me llaman y ya no escucho el final de la historia.

Cuando salgo aprieto el paso para que ni los miedos ni los pocos grados de este martes me hagan mella. Antes de huir del Hospital, paso por la sala de médicos y les pregunto cuántos trasplantes de cadáver tuvieron durante 2015, me contestan que 30, me digo que es un buen número y en él me amparo para cultivar paciencia y esperanza en el ciclo que arranca.

Ayuno en honor a…

  
Segundo día que el ayuno se vuelve necesario, anoche de repente me acordé que hoy tenía que ir a dejar sangre a la seroteca, tercera ida. 

Estaba tan cansada, que por un segundo coquetee con la idea de este mes no ir. La desesperanza metiéndome el pie, el boycot rondando mi cama.

Recuerdo que cuando el trasplante fallido no me dejaron comer desde la noche anterior y entré a las 4 de la tarde a quirófano. Ayer tampoco pude probar bocado por si tenía que ir a la sala de operaciones y hoy mi estómago reclama mientras voy rumbo al trabajo después de mi ida a Nutrición, uff, dos veces en una semana.

La química no era muy hábil esta mañana así que mi brazo torturado y yo vamos por el segundo piso de periférico, viendo el mundo con nuevos ojos. Recreando la conversación que acabo de tener con el doctor Candy Candy, me dice que siempre tengo que estar lista para la llamada y que la suerte tiene todo que ver con que llegue mi órgano.

Pienso en Valeria, que a la tercera llamada llegó su riñón, en esa plática que tuvimos en nuestra isla donde ella me decía que no quería salir a mitad de la noche a hacerse pruebas para luego saber que no era compatible, entonces yo no entendía su cansancio pero yo intentaba convencerla de ir todas las veces porque era como comprar un billete de lotería cada vez que ibas. 

Ayer claro que me quedé echa bolita toda la tarde, claro que lloré a ratos por lo incompatible de esta esperanza, pero hoy toca ponerse de pie e ir de nuevo para seguir en el juego, sí, aunque haya mañanas en que todavía duela a un poquito.

Llego al trabajo, Mariana me invita un té negro con leche, lo acompaño de un croissant crujiente y el placer lo llena todo, estoy de nuevo en el camino 🙂

Días para navegar

  

Esta mañana tuve cita en el hospital de Nutrición, me tocó revisión dental pretrasplante, todo bien, solo necesito ir a imageonología por una radiografía para verificar que mi muela del juicio no dé lata. Mis citas pendientes serán en junio y julio (urología, nefrología, psiquiatría), de ahora en adelante mi cuerpo tiene que estar más cuidado que nunca para que cuando llegue la hora estemos listos.


La semana pasada fue de puras buenas noticias, una pareja de gente querida tenían a su bebé en el hospital, tiene insuficiencia renal, y estuvo muchos días internada, pero el fin de semana pusieron foto de los tres felices y yo con ellos. Cuando vi esa imagen, de los tres triunfantes afuera del hospital, fue unirme a esa certeza de que de ahora en adelante las cosas solo pueden mejorar. Su fuerza es mi fortaleza.


El sábado fuimos a dejar a Nathán a su clase de pintura y a la salida su mamá, mi cuñada, me preguntó que  ¿cuánto tiempo no me podría ver Nathán una vez que me trasplantaran? Le contesté que creo que es un mes en que debo estar aislada, una semana en el hospital y un mes sin contacto con el exterior porque el sistema inmunológico está bajo y cualquier infección es un riesgo.


Mientras le contestaba me daba cuenta de que empiezo una nueva etapa, de más citas, análisis y donde la analogía del embarazo me viene bien, no puedo echarme para atrás, y estoy a la espera de algo que puede suceder en cualquier momento. También odio pensar que después de la operación, por los inmunosupresores, probablemente engorde, unos kilos ganados por el nuevo órgano no deberían pesarme.


Tiempo de aprender sobre trasplantes a paso veloz, casi tanto como lo que sé de hemodiálisis. Reconozco este nuevo sendero y me emociona. A partir del 7 de mayo los viajes serán a cuentagotas, por eso me voy los fines de semana que antes del día x al mar, porque el mar siempre me reconcilia con lo que se teme.


Así esta semana en que lo único que quiero es bailar y coquetear con la felicidad.