Abonar la nueva tierra

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El quinto mes me regaló 31 días sin ir a ningún consultorio médico, ni laboratorio ni hospital, durante ese tiempo kidnecito y yo estuvimos en 10 ciudades distintas por lo menos, bebimos de cada fuente que encontramos en el camino como una especie de bautizo que nombraba a mi riñón recién estrenado ciudadano del mundo, tal es su vocación viajera que su primer tramo lo recorrió en 2016 antes de llegar a mi cuerpo desde Wisconsin hasta Toledo, Ohio.

Lo volvieron a plantar en mi costado izquierdo, porque deben saber que mis riñones niños siguen conmigo y que kidnecito buscó un nuevo territorio para afianzarse justo en mi vientre, así funciona el trasplante.

Y el 30 de abril tomamos el primer vuelo trasatlántico juntos, cada uno con su maleta. Al principio cautelosamente, nos íbamos midiendo el uno al otro, como esa pareja de recién casados que hace su primer viaje juntos.

Conforme los días se sumaban, yo confiaba cada vez más en este energía nueva que me impulsa.

Un promedio de 10 kilómetros diarios caminados, ningún contratiempo en el que estuviera involucrado algún doctor, los antibióticos regresando completos, me hacen sentir el agradecimiento más profundo, el amor más pleno, la certeza de que kidnecito se acopla, coopera, responde, me dio el mes más hermoso, donde a cada respiración podía sentir la vida llenándome los pulmones, el estómago, la vejiga.

Mi propósito era escribir cada trayecto, cada hallazgo, dejar registro de nuestro avanzar juntos, pero de a poco entendí que este viaje era para mirar, para dejarse sentir, para dejar al silencio hacer también lo suyo.

Fluimos juntos y regresamos en paz, sabiendo que hicimos lo que correspondía. Esta mañana de nuevo a los análisis, a que las cifras confirmen que nuestra alianza sigue. Bebo un vaso de grande de jamaica y ruego porque así sea.

Lecciones de confianza fast track I

 
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Soy una mujer de costumbres en cuanto a mi tratamiento. Me gusta que todo sea básicamente igual. Me cuesta trabajo hemodializarme en circunstancias diferentes a las que he conocido durante cuatro años. La rutina me da mucha tranquilidad, por eso las semanas anteriores, con todo el tema de acoso de parte de la clínica, me ha angustiado tanto. 

Durante dos años siempre que venía a Veracruz corría para llegar a mi hemodiálisis en la Ciudad de México, hasta que el doctor Salas, a quien conocí en El Refugio, abrió su clínica aquí y se hizo la luz. Pude quedarme más días porque ya había un lugar seguro para mi tratamiento, con máquinas Fresenius. La primera vez que fui llegué temerosa, pero el enfermero era muy bueno y el lugar hermoso, me encantó.

Hace dos semanas, Mar, mi hermana, fue a la clínica del doctor Salas para reservar lugar y me habló para decirme que ya no estaba. Casi me muero. Le escribí al doctor y me dijo que se había mudado al hospital español. Volvió la tranquilidad y la felicidad de poder quedarme en el puerto.

Anoche me escribe para decirme que hay un problema de osmosis con las máquinas del hospital español y que cuando eso pasa sus pacientes se hemodializan en el hospital millenium, me da esa opción y me cambia de hora y lugar. Ufff, me agobio muchísimo. Podría regresarme corriendo a México e ir a mi clínica, pero me acuerdo que ya no es lo que solía y que el riesgo está latente. Decido apostar por recibir el tratamiento aquí.

Casi no duermo, doy vueltas en la cama, me despierto aún de noche. Necesito confiar. Necesito algo que me proteja contra los riesgos, que me haga sentir segura.
Y como lo mío es la palabra, me acuerdo que hace unos días ante un contratiempo con el riñón nuevo de Román, ante la impotencia de no saber cómo ayudar, cuando le pregunté qué podía hacer, me dijo reza por mí. Y como no sé muy bien cómo rezar, le escribí una oración.

Oración para un riñón nuevo

Dios concédele una vida sana

Que las aguas tomen si cauce

Que la creatinina disminuya

Que no se inunde de urea

Que las arterias no se tapen

Que el sistema inmune lo ignore

Que no reciba ataque ninguno

Que ame el cuerpo que le fue dado por segunda ocasión 

Que se sienta parte de él y se vuelvan uno solo

Que se quede para siempre

Y eso me hizo respirar aliviada. La repetí durante varios días, a modo de mantra y algo dentro me hacía sentir que todo mejoraría. Así que esta madrugada de insomnio, en el punto más alto de la angustia. Volví a hacerme un amuleto de palabras. Escribí mi plegaria para una buena hemodiálisis. Porque confío en el poder de la invocación, mientras tecleo y después lo leo, las aguas se sosiegan.

Oración para una buena hemodiálisis 

Dios dale al enfermero de la sabiduría necesaria para una punción perfecta

Que el dolor sea pequeñito

Que la sangre fluya

Que no habiten coágulos en las cámaras

Que el sodio sea suficiente para que los calambres sean desterrados

Que la máquina se quede con las toxinas

Que no haya contratiempos ni hipotensión

Que los ácidos, el bicarbonato y el filtro hagan lo suyo

Que los doctores tengan el carácter templado y la mirada atenta para leer a nosotros, sus pacientes, escucharnos y entender nuestro idioma

Que este riñón externo se sienta amadísimo y nos permita seguir otro día más… 

Que así sea

El arte de la antesala

Siempre que viajo me gusta llegar mucho antes al aeropuerto, evitar la fila, no correr, odio apresurarme. Tomarme mi tiempo para vaciar la bolsa, escoger una sala vacía y esperar mientras veo alzar vuelo a los aviones.

Me relaja ese constante despegar y aterrizar, como si me fuera devuelto un equilibrio. Leo, escribo, miro, invento historias. Juego a que espero un avión hacia un destino absurdo y que no tengo boleto de regreso.

Voy a mi puerto, solo dos días, pero eso basta para inundarse de ese mar, tan necesario. Miércoles de confiar y dejar que lo cierto se deslice como una caricia.

Tiempo de ser nómada

Ha sido una semana hermosa e intensa, cercana a la normalidad de los días previos a la sed. El miércoles pasado Cuau decidió que nos iríamos a Montreal de fin de semana, así sin planear demasiado, recuperamos la audacia de otros tiempos y nos los jugamos todo, cuando le pregunté por qué Montreal, me dijo que era lo más cercana a Francia que había en nuestro continente y ante mi perpetúa añoranza quiso llevarme a que escuchara un poco de francés, me conmovió su respuesta, la amé de todas las formas posibles.

Me cuenta que leyó una nota donde decía que ya no se necesitaba visa para ir a Canadá, y ya con los boletos en la mano descubrimos que eso aplicaba a partir de 2016 y que con una semana y un día del viaje no sabíamos si lograríamos tramitarla a tiempo. Nos fuimos el jueves pasado al caos que es el sistema de visado canadiense (que no recrearé aquí porque es tan kafkiano que ni parece verdad) y salimos con el alma en un hilo porque las visas tardan de 7 a 10 días hábiles y no sabríamos si llegaría antes de que nos subiéramos al avión. Logramos meter un papel para el trámite rápido de 3 a 5 días (apenitas) y quedábamos a merced de que el embajador considerara que era urgente la entrega de los papelitos.

Cuau estaba angustiado, yo estaba feliz, sentía que algo me había sido devuelto, la locura de mis días nómadas donde un boleto de avión a buen precio me catapultaba hasta el otro lado del mundo, cuando no sabía a dónde sería el siguiente viaje ni dependía de la máquina. Les dije en mi clínica que tal vez necesitaría mover mis días de hemo pero que no sabría hasta un día antes, esa sensación de estar en ascuas era un shot de vitalidad, que me bebí de hidalgo.

El lunes entré a la página a ver si estaban las visas y nada. Anoche de repente me di cuenta que era la víspera del día de San Juan (me acordé de las hogueras en Barcelona) y supe que esa noche solo podrían llegar buenas nuevas, entré y decía que ya estaban las visas. Y la felicidad se hizo.

Esta semana en terapia trabajo el dolor que me causa aún el trasplante fallido, dolor emocional, físico, intelectual y lo que lo desata y lo que lo calma. Lo que lo desata son las idas al hospital, me angustio aunque voy de cool, y mi doctor me enseñó a controlarlo, lo puse en práctica en mi cita del martes en el Hospital de Nutrición, funcionó. Y lo que lo calma: lo que me quita el dolor, cualquiera, desde siempre, son los viajes. Así que esta semana tenía premio mayor, por varios motivos, pero uno de ellos es que tendré un poco de los dos.

Tarde de escuchar los Van Van mientras tecleo al ritmo de la música, disfruto mi trabajo y sonrío al pensar en la partida de este viernes. El domingo se cumplen 4 años del diagnóstico, el aniversario de mi IRC me encontrará en una latitud nueva, una ciudad para que la recorra mi extravío y eso me conecta con la vida, con mi libertad, con mi buena fortuna. Sigo aquí y agradezco que me haya sido regalada esta conciencia de estar y descubrir segundo a segundo cómo se expanden los límites.

90 horas lejos de mi máquina, 90 horas en que la sed será el reto más grande, pero sumergirme en el espejismo de la vida mundana bien lo vale.

Razones para quedarse

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El noveno mes me encuentra junto a mi mar. El 1 de septiembre tendría que haber estado en mi nueva oficina, pero un mail el sábado me avisa que se retrasaron las obras y no tengo que presentarme hasta el 10, leo este correo en mi sesión de hemo, quiero saltar de felicidad, las líneas me lo impiden, decido quedarme una semana más, la clínica del doctor Salas ha sido el hallazgo más valioso en este año, en Saluz hay internet inalámbrico, terminal para pagar con tarjeta y una excelente atención, podría parecer que eso hay en cualquier lado, pero eso no existe en la Clínica El Refugio del DF.

Así que el hecho de que el doctor Salas haya decidido establecerse en mi puerto me regala disfrutar de Cotita y Mar. Tenía más de 10 años sin estar tantos días, antes del diagnóstico solo venía en periodos diminutos porque siempre había algo más importante que hacer que estar con los míos, elegía ir a ciudades nuevas y lejanas.

Después del diagnóstico daba mi reino por una semana con mi mamá y mi hermana en la casa de Veracruz pero no confiaba en someterme al tratamiento que me mantiene con vida en cualquier lado. Así que tener sesiones en un sitio con atención de primer mundo, sin calambres ni hipotensiones y en mi puerto me hace sentir como en Navidad.

Cancelé el boleto de regreso para despertar muy temprano, hacer ejercicio con Cotita, nadar, reír con Mar, comer naranjas, caminar descalza y escuchar el oleaje de siempre.

La insuficiencia me regala ver con nuevos ojos lo amado, eso que de tan cercano olvido agradecer su existencia. Martes de recuperar y apreciar el privilegio de estar aquí.

La luz en Veracruz

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Semana de avanzar, escribo desde mi primera hemodiálisis en el puerto, la punción fue precisa, hecha por Fausto, enfermero especialista en fístulas, y confío plenamente en el doctor Salas, a quien conocí en la Clínica del Refugio, esto para mí significa recuperar de a poco mis alas.

Días de despertar muy temprano, andar descalza por la casa, bailar y nadar con Cotita, comer naranjas con Mar, bañarme sin necesidad de prender el calentador y sudar mucho.

Esta clínica se llama Saluz, la luz aquí es tan intensa, ayer vuelvo a hacer ejercicio después de meses de no permitirlo, el pulso se acelera y sonrío porque estoy de vuelta, uno de mis momentos favoritos sucede una vez terminada la sesión de llevar el cuerpo al límite, corro a ponerme el traje de baño y la alberca me acoge.

Camino en el agua, me hundo, floto y me dejo reposar en ella solo para descubrir un cielo azulísimo ausente de nubes.

Para mi mamá aquí soy Sol, jueves de disfrutar estar, de saborear pausadamente el privilegio del tiempo extendido junto a mi mar en calma.

16 horas y media

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Anoche soñé que ya estaba en mi máquina, ni el azul verde del mar me distrae de la necesidad más imperiosa, deseo que me conecten y desaparezca el malestar de este día, el último, las 24 horas más difíciles, donde aparece el dolor de cabeza y el cansancio.

La sed tortura, los más de 30 grados no ayudan a paliar este imperativo de agua, solo la brisa y el olor marino funcionan como una especie de analgésico. Deberían existir máquinas de hemodiálisis dentro de los hoteles, como este que está a mitad un poco de la nada…

Mi salvoconducto para la normalidad dura 48 horas, las exprimo al máximo, siempre me prometo volver antes pero en una dimensión paralela puedo tener 24 horas más, así cuando sale la oportunidad de viaje trato de aplazar lo más posible el regreso, sin embargo, cuando llega el día extra el cuerpo me reclama, vuelve a hacerme sentir el poderío de su reinado y no me queda más que rendirme, bajar el paso y someterme…

Para entretener el espíritu regreso al recuerdo de ayer, cuando muy temprano nos metimos 21 metros bajo tierra para explorar un río secreto y no es metáfora, Río Secreto está en la Riviera Maya, fue descubierto hace menos de 10 años y es alucinante poder nadar bajo un techo lleno de estalactitas, cobijados por el silencio, privilegiados por la labor de la Tierra durante miles de años.

El guía dice que esta es la entrada al inframundo, nos hacen un ritual maya para que los aluxes (duendes) nos permitan regresar sin contratiempos… En una de las cuevas, el guía apaga las luces, se hace la oscuridad más absoluta que nunca había habitado, soy incapaz de ver mis manos aunque las acerque lo más posible, solo escucho mi respiración… Pienso en mi amiga Maud, en eso que me dijo alguna vez, que según los tibetanos la muerte es una oscuridad profunda que dura no me acuerdo cuántos días y que por eso había que meditar para soportar ese tiempo de espera antes de volver a reencarnar.

Los minutos parecen interminables en este escondite debajo de la superficie, la ansiedad va y viene, asusto los pensamientos pesimistas y me concentro en sentir el agua, ver con algo diferente a la mirada, cuando empiezo a disfrutar se hace de nuevo la luz…

Así este preámbulo en que aguzo los sentidos para que el sonido de las olas me aleje del malestar. Ya solo faltan 16 horas con 15 minutos para recuperar el equilibrio.