La belleza

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Volví al silencio porque estaba librando una batalla, no la de los días de insuficiencia, que la sentía real, esta guerra nueva me avergonzaba, porque sabía que detrás de ella solo había cosas que identificaba como vanas. Y con ellas aparecía la culpa, esa que me hacía cuestionarme si estaba traicionando a Kidnecito, si algo no estaba haciendo bien.

Confieso mi naturaleza obsesiva, con la alimentación, con los análisis y sus niveles y con la báscula. Con la cantidad de horas que duermo o con el número de pasos que doy cada día. Es el espejismo de estar en control. Aún ahora fuera de la isla de hemodiálisis los números me siguen determinando como lo habían hecho antes del diagnóstico. Después del primer año de trasplante pasamos de las revisiones cada mes a cada tres meses. Este lapso, me lanza a dos extremos, por un lado, respiro por no tener que ir tan seguido al hospital y por otro, me hace dudar cada 30 días si todo irá tan bien como antes.

Pues ahí estaba, plantada en seguir el régimen perfecto, insomne porque la báscula no mostraba mis esfuerzos, preocupada por ver los cambios en mi cuerpo, los kilos que se acumulan, contestando cada vez que alguien me preguntaba por mi sobrepeso con la mejor de las sonrisas que este era debido a los esteroides que son parte del grupo de inmunosupresores que cuidan a mi nuevo órgano para distraer al sistema inmune y que no lo ataque.

No sabía cómo escribir sobre esto, pero me incomodaba que mi ropa no me quedara, extrañaba la fragilidad de los días en que el apetito se había ido y aunque lo renal era insuficiente, una mordida a una manzana era suficiente para mí esos días.

Y en medio de esta neurosis, de esta tortura muy mía, apareció Karla, quien un día me buscó en Facebook para preguntarme sobre el proceso, ella estaba en hemodiálisis y empezamos a hablar, a compartir. Le iba diciendo lo que yo había hecho y ella tomaba lo que le servía. Una mañana me escribió que había hecho pruebas de compatibilidad con su hermana y fueron compatibles. Después de ese mensaje volví a reconectar con lo que de verdad importa, con la perfección que es tener un match, con la fortuna de ser tan amados que exista alguien dispuesto a dar un pedacito de su cuerpo para devolvernos la energía, para salvarnos de la sed, con la emoción y la magia de que un órgano pueda mudarse para dar vida.

El 25 de noviembre fue su trasplante, todo marcha hasta hoy, cuando me avisó que todo salió bien, supe que la belleza está en un cuerpo que no teme transitar por caminos oscuros para seguir disfrutando el placer de sentir. Gracias, Karla, por llevarme a encontrarme con la belleza de estar, de compartirme el shot de energía que es tener un trasplante exitoso.

Ahora cada mañana consiento a esta piel que tanto ha pasado con un ratito de yoga y a mi cuerpo y a kidnecito con un vaso grande de agua tibia, una caricia para recordar que no importa la ropa, ni la báscula, sino que la imagen del espejo me dice que estamos de pie, que caminamos kidnecito y yo juntos, a buen ritmo, con la dulce intención de hacer lo que corresponde, que es respirar y entregarnos a este regalo que es estar, amar, bailar, sentir… eso es lo que importa: estar presentes segundo a segundo, aliados en esta danza donde él y yo somos perfectos.

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Largo/corto/largo/corto

  
Durante casi toda mi vida mi cabello fue largo, muy muy largo, era una especie de lugar seguro, una especie de cortina que se bajaba a conveniencia, pero con el primer catéter tuve que cortarlo. Mi amiga Elba me acompañó, fue mi primera salida después del hospital, todo un show porque el catéter recién estrenado empezó a sangrar y tuvimos que ir corriendo a emergencias. Parte de la nueva vida incluyó reconocerme así sin melena, sin barrera de protección, me acostumbré a las hemodiálisis y a gastar menos en shampoo casi al mismo tiempo. 

Después vino la fístula y así me deshice del tema catéter, dejé de tener mi acceso vascular cerca del pecho, hasta que el año pasado vino el mes entero en el hospital y saliendo lo único en lo que podía pensar era en que necesitaba un corte de pelo, porque además de la frivolidad tenía un nuevo catéter que pedía despejar el área del cuello, de nuevo Elba vino a mi rescaté y me llevó a su cortador de pelo hasta casa, eran los tiempos en que caminar estaba negado y la silla de ruedas era mi mejor amiga. 

Una vez superado el bache médico decidí que era hora de volver al pelo largo, de verme como me gustaba, de recuperar algunas cosas de antes del diagnóstico. Así que la mitad de 2014 y todo este 2015 lo dejé crecer, lo disfruté y estuvo rico. Pero cuando la llamada, ese ensayo de hay un riñón para ti, me puso los pies en la tierra, la posibilidad de volver al hospital, tenía que volver a lo práctico, así que decidí cortar el pelo.

Con el cumpleaños llegó una necesidad de estar lista para cuando llegue mi órgano, comer sano, hacerse los análisis, tomarse los medicamentos, cortarse el pelo, de todos los pendientes ese último era el más difícil. De nuevo, Elba acompañándome. El domingo citó a Erik para mi nuevo look, justo antes empecé a dudar, no me sentía lista. Tomé aire y vi como el primer tijeretazo de alguna manera me acercaba a eso que deseo, no sé cómo explicarlo pero sabía que esta era una de las cosas que tenía que hacer. 

Dicen que las mujeres se cortan el cabello para señalar un cambio de vida, el fin de una relación, el inicio de algo, así yo, fui esta mañana a la Seroteca a dejar mis tubitos de A+ con mi pelo cortísimo como guiño de que mi cuerpo y yo ya estamos en orden para lo que venga, que venga ya 😉 Esta es una espera activa donde parece que no pasa nada pero mientras seguimos caminando de a poquito. 

Dejo de temer estar despeinada, me alboroto toda, intento seguir las instrucciones del maestro de bachata “déjate llevar”, abandono la zona de confort, me trepo en la incertidumbre y entonces vulevo a confiar en que el azar jugará a mi favor.