Gratitud corporal


El sábado regresé de Veracruz, este fue mi primer viaje sola, voy acoplándome y conociendo las reacciones de este cuerpo que cambia, que responde, que va de a poco, ahora es el lado izquierdo el protagonista, el que se hace presente cuando algo no le acomoda y en especial mi pierna. Después del viaje en avión empieza a hincharse y entre el calor y el ejercicio apareció el dolor, cada día esperaba que mejorara pero nada, ni masajes ni agua de jamaica lograban aligerarla, el viernes le llamé a mi doctor Correa ya preocupada, primero me mandó a tomarme la presión (que estaba perfecta, si hubiese estado alta sería un signo de que algo no marcha bien con el nuevo órgano) y después a reposar porque esa inflamación es secuela del trombo que tuve en 2014 sumada a la reciente manipulación por el trasplante, un combo ganador que le llaman.

Hoy tuve análisis en el Hospital de Nutrición, todo marcha perfectamente, el doctor confirmó que lo de la pierna tiene que ver más con una secuela de aquella trombosis que con algo relacionado con el nuevo habitante de ese lado izquierdo. Llegué a casa y me encontré un mail de un reto de meditación al que me inscribí la semana pasada para agradecer al cuerpo. Durante la meditación guiada pedían que fuéramos conscientes de esa parte de nuestro cuerpo que más trabajo nos cuesta aceptar y de inmediato pensé en la parte donde está la cicatriz del primer trasplante porque quedó un poco más grande que el otro lado, y después la grabación cuestionaba qué es lo que nos molestaba, y de repente me di cuenta que esa parte protuberante me hacía pensar en lo fallido.

En esta nueva etapa, me costaba ver mi vientre con sus cicatrices y la inflamación normal de quien fue sometido a una intervención del tamaño de la mía. Y a mitad de la meditación mis ojos eran río desbordado porque me di cuenta todo lo que había pasado este cuerpo mío para llegar a fluir, todo lo que me había permitido, supe entonces que ni a él ni a mí nos definen los kilos que marca una báscula o las marcas o los moretones, lo que nos hace ser quienes somos es la entrega y el amor a seguir en la vida de la manera más alegre y consciente posible.

Y entonces mi acto de gratitud para él este lunes incluye acariciarlo pausadamente con una crema deliciosa, decirle que aprecio la belleza con la que se recupera de cortadas y golpes, la fuerza que tiene para que ahora pueda permitirme caminar 45 minutos seguidos y yo puedo ir confiada en cada paso que doy. La entereza con que me permite estar de pie y mirarme de cuerpo entero, absolutamente.

Así este seguir aprendiendo y reconciliando las inseguridades más profundas. La disciplina y consentirse en dosis iguales (por contradictorio que parezca) son mis compañeras esta semana.

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En el límite

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Ayer paso todo el día defendiendo mi derecho a irme y peleando porque la información fluya, dejo la escritura de lado porque el foco está en los doctores y después de hablar con ellos la impotencia se crece y me deja muda, al anochecer lo único que habla por mí es el agua que se desborda por los ojos.

A las 3:45 del lunes, el doctor Sierra, que es el médico de piso no había venido a decirme en cuanto estaba el INR ni cual era la nuevo dosis de anticoagulante oral que tenía que tomar a las 4 de la tarde, explico un poco: todas las mañanas me toman una muestra de sangre para medir en el INR (que entiendo mide el tiempo de coagulación) y depende del resultado me ajustan la dosis del anticoagulante oral.

Entonces caminé hasta la oficina de médicos y esperé hasta que apareció el doctor Sierra. Le dije que necesitaba irme de alta, que no sentía que en el hospital estuviera bien monitoreada, le propuse lo del aparato y le pedí que buscara la forma de tener un tratamiento ambulatorio, que quería de regreso mi vida y que me quedaba claro que esa no era su prioridad pero que yo ya estaba harta y que iba hablar con los hematólogos o el jefe del sector. Estaba fuera de mi centro y el doctor se sintió agredido.

Él me dijo que solo me podía dar el alta voluntaria, que ese aparato no servía, que si me iba no me podían dar anticoagulantes orales porque no era seguro y se podían hacer más coágulos y que, sin la heparina intravenosa que me estaban poniendo en el hospital, el coágulo de la pierna se podía ir al pulmón y poner en riesgo mi vida e iba a tener que regresar pero con un cuadro más complicado, que no es que él quisiera que yo estuviera aquí pero que por mi caso (paciente renal con antibiótico) era lo único que se podía hacer.

Entonces le dije que en medicina no solo había un camino, que por favor buscara un plan B o C, que yo quería opciones, que hablará con los hematólogos o con quien tuviera que hablar.

Más tarde vino a mi habitación a decirme que estaban analizando si probar un medicamento experimental conmigo o unas inyecciones intramusculares durante seis meses pero que eran caras y no muy seguras. Hablamos, le pedí una disculpa y le expliqué que no era personal, pero que yo necesitaba tener la información para ayudarlos también, que dos cabezas piensan mejor que una, él me dijo que mi INR ya iba en 1.6 y yo le pregunté si podíamos aumentar la dosis del anticoagulantes con media pastillas más, asintió, y acordamos que yo me quedaría tranquila, siempre y cuando él me informara todo y me dejara convertir la habitación 336 en oficina.

Por la noche vino Cuau y le pedí que hablara con el doctor porque me siento muy sola, porque es desgastante tener que pelear por algo que es tu derecho: estar informado. Cuau sugirió suspender el antibiótico para que el anticoagulante haga efecto y me pueda ir a casa, justo ahora los infectólogos analizan esa opción.

Los médicos están acostumbrados a hablar con los familiares y lo que piensa y siente el paciente es información de segunda (claro excepto los buenos médicos) y eso me enoja mucho.

Así las cosas, hoy desperté y me dieron tres piquetes los del laboratorio porque mis venas ya no dan más, mañana me bajarán a hematología a sacarme la muestra del dedo y meter esa preciada gota de sangre en un aparato que solo tienen en el laboratorio donde estudian la sangre.

Por ahora estoy a la espera de mi compu, internet inalámbrico, junta con mi mano derecha del trabajo, Gaby, y si es así que el mundo gire.
El cansancio de las situaciones absurdas que vivo en el hospital me lo sacudo con un baño largo.

Desde la Torre me es permitido escuchar los pájaros, ser testigo de los cambios de la luz y contar y recontar las tres jacarandas que se asoman tímidas entre los árboles, yo mientras voy hilando el mecanismo para escapar de aquí.

La presencia de nubes

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Aquí el tiempo se distorsiona y la percepción del cuerpo también, tengo presentes mis extremidades, mi torso, cada milímetro de él, pero en este sitio algunos parecen empeñados en convencerme de mi invisibilidad.

Soy transparente mientras tres radiólogas examinan mi pierna, ellas comen al mismo tiempo que hacen el ultrasonido, cuentan lo último de sus romances y de tanto en tanto comentan mira esa es la vena trombosada, se ve gris… Yo no existo, solo soy mi extremidad inferior izquierda y un poco de dolor que las incomoda, esa mañana de martes mi preocupación es tal que olvido hacerme presente… Lo dejo pasar…

Esta es la peor época para estar internada en Nutrición, el primero de marzo entraron los nuevos residentes e internos, llegan a mi habitación a sacarme sangre en las noches, huelo su torpeza, prenden la luz de golpe, toman mi mano y como si fuera ajena a mí comienzan a estrujarla buscando alguna vena, a veces me digo no seas prejuiciosa y accedo a que me piquen, el resultado: dos venas ponchadas y su cara de asombro cuando ven que la mano tiene voz y sabe sus derechos y no dejará que le den un nuevo piquete hasta que venga alguien con experiencia…

Hoy voy a hemodiálisis y de la nada aparece un doctor nuevo que sin conocer mi caso determina que me saquen solo 3 litros, pido hablar con él, llega a la sala y se dirige a la enfermera, desconoce cómo está mi presión, pero vocifera que solo me pueden sacar lo que él indicó. Le llamó desde mi esquina, parece asombrado de encontrar un paciente que se atreve a llamarlo, sin verme a los ojos me regaña, me reclama mi exceso de agua y dice que solo me sacará 3 litros. Justo ahí el cansancio por el que he permanecido invisible a ratos se me acaba y le digo que no me conoce ni a mí ni a mi caso, le expongo porque necesito que me saquen 4 litros y solo hasta que le digo quien es mi doctor (su jefe) empieza a escucharme y a regañadientes accede.

Así este jueves, en que las nubes pasan por mi ventana y el calor me agobia, en que no entiendo porque algunos médicos deciden dejar de escuchar y ver a sus pacientes cuando eso podría hacer la diferencia. Por suerte todavía quedan algunos otros que se entrenan en ello, como el doctor Sierra, a cargo de mi piso y que confía en que nadie como yo conoce mi cuerpo o las enfermeras, casi siempre atentas.

Así la vida en esta prisión primaveral, en donde desde el agujero en la pared añoro los trenes y el mar (justo en ese orden).

Cuarto lunar

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Ocho horas después, cuando la sala de espera de Urgencias parecía un lugar que habitar para siempre, salió un doctor a decirnos que me tenían que hospitalizar, que no había lugar en Nutrición y que me iba a dar el nombre de tres hospitales a los cuales remitirme.

La realidad se craqueló y me vine abajo. Le supliqué buscara una habitación, no podía irme a hospitales donde no hubiera unidad de hemodiálisis… Tuvieron que intervenir los doctores de nefrología, interceder por mí y explicar las complejidades de mi caso.

Un alta tardía permitió que esta noche tenga una cama en Nutrición, el espacio es menos que mínimo, las enfermeras tardan más cuando la máquina suena, pero mi cuarto tiene vista a la Luna y por ahora eso es más que suficiente.

Me quedaré aquí hasta que el anticoagulante haga su trabajo y disuelva el trombo que se formó en la pierna izquierda, de tres a cinco días, pero en el hospital no hay nada seguro…

La náusea y la ansiedad son mis compañeras esta noche de insomnio… Antes de que amanezca me habrán picado dos veces y yo lo único que quiero es volver a casa…

La espera

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Después de un fin de semana largo con conexión de internet fallida, sin escritura pero cobijada con los placeres de la vida sin catéter: baño de largo aliento; volver a los brazos de Cuau, permitirle estrujarme sin comprometer el funcionamiento del cuarto catéter, y cambiar de posición a la hora de dormir… Sin el aditamento en mi pecho me fue permitido acurrucarme nuevamente…

Casi olvidé por completo que mi alta aún no es definitiva, solo me lo recordaba el malestar del antibiótico oral: náuseas e insomnio…

Pero ayer, después de hemodiálisis, mi pierna izquierda se infló como un globo. Me angustié, le escribí a mi nefrólogo y me dijo que tal vez era posicional, que la colocara en alto. Para la noche la inflamación había bajado pero no desaparecido, decidí escribirle a la infectóloga. De inmediato me llamó, me hizo varias preguntas y me pidió hacer pruebas con el pie.

La infectóloga sospechó que era un trombo, que no me mandaba a Urgencias ya mismo porque era muy noche, pero fue muy clara y contundente al decirme que si me faltaba el aire o me dolía el pecho tenía que ir de inmediato a Urgencias y que a primera hora tenía que ir al hospital.

Aquí estoy desde las 8:30, ya me sacaron sangre (con la aguja errática y aventurera antes de hallar la vena, dejando su huella morada casi negra señalando los sitios por donde anduvo), me revisó un doctor muy joven y me hicieron un ultrasonido (quienes me lo hacen dicen que hay una vena trombosada y hacen como si yo fuera invisible).

Es la 1:30 y sigo a la espera de pasar con algún doctor que diga qué pasa y qué sigue. Yo pude preguntar a las doctoras que me hicieron el ultrasonido pero hoy tengo miedo de saber.

Busco en mi reflejo leerme, trato de intuir qué nuevo camino tendremos que recorrer. El temor me ataja y trato de acomodarme en esta nueva labor que es esperar mientras me anudo la incertidumbre al cuello…