Tras bambalinas

IMG_0982

Y escribo de esto que pasa en la soledad del quirófano para no olvidar, para documentar, para dejar constancia de cómo los números pueden salvarnos. El martes llegué al Hospital de Nutrición para una operación ambulatoria de desmantelamiento de fístula, es decir, de entrada por salida. El área encargada de hacerlo es angiología, las indicaciones eran no tomar nada, llegar en ayunas y sin medicamentos.

Cuando vi que la espera iba para largo fui a preguntar si debía tomar mis inmunosupresores, las enfermeras no sabían, no había anotaciones en mi expediente, así que fui al área de trasplantes a indagar, una doctora muy amable me atendió, y dijo que los tomara con poquísima agua y así lo hice.

Vinieron más horas de espera y de pronto aparecieron los doctores, jovensísimos y dispuestos a meterle mano a su tarea del día: yo. Me preguntaron en cuánto estaba mi creatinina, por suerte la doctora de trasplantes me había dicho que .9. No me explicaron mucho más, respondieron a lo que pregunté y aseguraron que no tardaría más de dos horas y media en estar afuera.

Apareció el camillero, me despedí de Cuau y me encaminé a ese limbo que existe antes de la sala de operaciones, un cuarto pequeñito donde forman a los pacientes por entrar a cirugía, donde los doctores de este hospital escuela hablan, bromean, descansan, en una coreografía perfecta para nunca ver a los ojos a quienes serán operados, ese lugar en que el paciente se vuelve un objeto y donde cualquier medición del tiempo se vuelve un absurdo.

En esa hora, segundos, minutos, solo una doctora me sonrío, es decir me vio. Después la encontré en el quirófano, era una de las anestesistas. En la hoja que les dieron mi estatura está mal, aparece un 1.59 en lugar de 1.65, dato básico para calcular la cantidad de anestesia. Oí que me iban a hacer un bloqueo, no me iban a dormir completamente, a mis insistentes preguntas me explicaron que con un ultrasonido iban a detectar la zona exacta donde puncionar para dormir solo el brazo.

Con ultrasonido y todo entraron tres veces sin lograrlo, iban a hacerlo una vez más cuando una de las doctoras dijo ya llevamos cuatro cargas no podemos ponerle cinco, me preguntaron si sentía dormida la mano, les dije que no, pero en ese momento sentí que el pecho se dormía y no podía respirar ni hablar, me asusté, supe que habían errado el camino, de inmediato me pusieron la mascarilla para anestesia general.

Desperté cinco horas después, ahora que lo pienso nadie me dijo qué pasó ni si había salido todo bien. Cuau seguía en la sala de espera sin noticias. Tardé en recuperarme, cuando me llevaron al área de estancia corta no estaba Cuau porque nadie le avisó que ya había salido. Tuve que quedarme esa noche en el hospital.

Una noche larga para pensar y sentir la vulnerabilidad, para ver como el sistema de salud está desbordado, cómo pasa factura y cómo si trabajaran de la mano pacientes y doctores serían más amables estos trayectos tan llenos de azar. Me preguntaba en qué momento desaparecieron los médicos de familia, esos seres llenos de sabiduría que no solo conocían el cuerpo en su totalidad sino también las redes de afectos que lo sostienen.

A la mañana siguiente, revisión rápida, cita para la semana que viene, indicaciones de qué hacer con la herida y yo para ellos solo son un acceso vascular desmantelado. Descubro cómo amanece y sé que la suerte sigue de nuestro lado.

Kidnecito y yo seguimos juntos, estamos bien, a pesar de la sobre especialización intente olvidarnos, meternos el pie, somos muy necios y peleoneros cuando se necesita 🙂 Confíamos en que hay esperanza y que hallaremos la manera de construir más puentes, porque sabemos que los milagros existen, nacimos optimistas.

 

 

Anuncios

Análisis y calor

  

Empieza la temporada de ir al Hospital de Nutrición a dejar tubitos de sangre para los análisis de cada seis meses y en dos martes ida a la Seroteca, se acabó la vacación de doctores y muestras y de regreso a la espera oficial. Esta mañana la antesala del laboratorio estaba extrañamente vacía y a pesar de eso los minutos en que no paso se espesan y al final la aguja siempre es dolorosa. La noche anterior a los análisis no duermo bien, regresa la sensación de examen para el que no estudias, aunque la verdad estoy en una buena época, con energía y sin contratiempos. 

Mis agobios son casi superficiales como sufrir porque el termómetro marca muchos grados y yo quiero ir con tirantes pero mi fístula cada vez menos tímida y contundente me obliga a buscar vestidos con mangas. Y vuelve mi relación amor odio con ella, le agradezco su buen funcionamiento, que alcance flujos altos y que me dé sesiones fluidas, pero no puedo con sus marcas, moradas, con los aneurismas delatando mis insuficiencias. El calor me lanza de lleno a mis inseguridades y a la sed y a pesar de eso la primavera con sus jacarandas me parece deliciosa. Descubro que aunque titubeo, voy domando de a poco mi vanidad ¿y la sed?… Ella sigue fiel, amorosamente colgada de mi brazo.

Tarde de doctores

  
Martes de ir al Hospital de Nutrición a mi cita de cada tres meses en el área de Nefrología, una hora en la sala de espera siempre me desgasta, se me dispara la ansiedad porque no me reconozco paciente en cada uno de los sentidos, me llena de interrogantes ver a los enfermos, no hay manera de que me sienta uno de ellos, solo los números en bold de mis análisis delatan las insuficiencias, fuera de eso todo es normal, por ahora, para mí.

Esta vez me toca la revisión con una doctora, sonríe y me dice que la semana pasada hubo trasplante de A+, que a ella le tocó procurar el órgano y que yo estuve entre los cuatro primeros lugares para recibirlo, pero hubo alguien compatible antes que yo. No entiendo mucho y pregunto pero tengo densa la parte racional, ella me dice que seguro pronto llega un riñón para mí (yo sé que en este rubro no hay nada escrito).

Salgo y tomo un taxi a Médica Sur porque por la tarde tengo cita con el doctor Correa, la taxista, una mujer de unos 50 años, asume que como voy de un hospital a otro y traigo un saco blanco (aunque con flores negras) soy doctora, entonces todo el camino me va diciendo doctora esto y lo otro, habla tan rápido que no me da chance de desmentirla. Yo me aguanto el ataque de risa. 

Siguiente sala de espera, 45 minutos, hablo con mi doctor de los cambios en la clínica del Refugio, las cosas no están bien, debido a la licitación del Seguro Social tuvieron que bajar el costo para poder ganarla y entonces por lo pronto quitaron a los directores médicos, los cobertores y la televisión por cable, yo soy paciente particular, pero soy minoría y me alcanza el recorte. No queda más que confiar en que no me queda mucho más ahí.

Las buenas noticias, mis análisis mejor que nunca me dan chance de bajar la dosis de la medicina en la que gastaba 8 mil pesos al mes, ahora solo serán 4 mil. Le pregunto al doctor cosas concretas de qué vamos a hacer a la hora del trasplante, cómo nos vamos a coordinar, qué sigue, cuándo puedo regresar a trabajar. Y él me voltea a ver y me dice “ahora sí estás lista, chiquita”.

Regreso a casa y sé que pronto tendré que cortarme el pelo y hacer una limpieza exhaustiva de mi cuarto, mis últimos dos pendientes antes de que llegue mi riñón. Así este final del décimo mes. Así el otoño.

Un atisbo a la esperanza

  
Esta mañana tuve análisis en el Hospital de Nutrición, parte del protocolo de trasplante, los hacen una vez al año, yo que pensaba que solo iba a dejar un tubito de sangre, regresé llena de agujeritos, me hicieron de todo y sin medida. Un piquete, muchos tubitos, más hisopos entrando en mi nariz y mi boca, más la inyección de una sustancia para saber si he estado en contacto con alguien con tuberculosis, me pintaron un cuadrado alrededor del piquete con marcador indeleble y tengo que regresar el jueves a que me hagan una lectura (cualquier cosa que eso signifique), yo había ido a lecturas de poesía, de tarot, de aura, pero de piquetes, será mi primera vez.

Cuau me acompañó porque tenía que donar sangre para su papá que operan mañana, así que después de dejar nuestras respectivas muestras en el laboratorio moríamos de hambre, fuimos al restaurante de enfrente a desayunar y saliendo en el local de junto estaba el señor, don Juan, a quien trasplantaron la vez que yo fui a probar mi sangre y no fui compatible, él fue quien tuvo el billete ganador, él fue el receptor de ese órgano.

Después del día en que me llamaron para decirme que había un riñón y después de los mil exámenes y de saber que quien era compatible era don Juan, me preguntaba qué había sido de él, si habría salido bien todo, y hoy, verlo ahí, a punto de desayunar, con una botella de agua a su lado, me hace sonreír, para él nunca más habrá sed.

No me atrevo a acercarme, la única historia que quiero es la que puedo hacerme desde su imagen, la piel se le ve estupenda, hay algo distinto en él, algo muy vital lo envuelve, y a mí me entra una alegría, un contento de saber que recuperó su función renal. No me lo explico muy bien pero me dan unas ganas de bailar y cantar y abrazarlo porque es un ganador, pero soy tímida y lo único que me queda es teclear y dejarme apapachar por este guiño de vida en un martes en que mi cuerpo sabe que hay esperanza.

De buenas…

  
Hoy tocó despertarse temprano para ir a la cita en el área dental del Hospital de Nutrición, limpieza de dientes y una tarea más cumplida en el protocolo de trasplantes. Después voy al área de trasplantes para averiguar cuántos más ha habido, tres más desde la última vez, todos 0+ me dice el doctor.

El doctor de trasplantes es encantador, joven, de ojos grandes como novio de Candy Candy, me explica con peras y manzanas lo que yo ya sé, pero que cada vez que lo oigo algo dentro de mí se tranquiliza, me dice que en ese momento están en trasplante, me vuelve a contar de los anticuerpos y como siempre que haya un órgano tengo prioridad por mis antecedentes, hasta ahora no ha habido de A+, van más de 20 en el año. La sala donde lo veo tiene una luz blanca como de sueño, ahí se reúne los martes el comité de trasplantes para ver quienes son candidatos para estar en la lista.

Después paso con la trabajadora social, es jueves de buenas noticias, el costo del trasplante es un poco menos de lo que habíamos presupuestado y eso me pone de un buen humor, además dice que si mi seguro de gastos médicos da una carta diciendo que ya no cubre nada que tenga que ver con la insuficiencia, podría bajar aún más el costo. El Hospital de Nutrición es una ventana hacia una mejor vida.

Vuelvo con el doctor de trasplantes y sigo torturándolo a preguntas, le confieso que me preocupa el tratamiento con inmunosupresores para evitar rechazar el órgano, porque he leído que te pones fea, que se te crecen los cachetes y te sale pelo por las sustancias que tiene, se ríe, me dice que puedes subir un poquito de peso, pero que me enguapeceré después, ah, la vanidad que ejerce su poderío si es jueves.

Esas incursiones en el área de trasplantes es mi forma de ir de a poco haciéndome a la idea, de diseccionar el tema a tal punto que por lo menos desde la razón pueda hacerlo mío, aunque claro que sé que nada será como lo imagino, hoy quiero pensar que será mucho mejor, que será como la limpieza dental que la sufrí mucho antes, que durante.

Así esta mañana en que la mezcla de aire frío y sol es perfecta, en que presiento el otoño y juego a que me emocione lo que está por venir.

La seroteca

  

Hoy fue día de hemodiálisis e ir al Hospital de Nutrición, no me alcanzó la noche para asimilar esto que pasa, aún tengo el nudo en el estómago, en la garganta, en la cabeza, estoy lista y me asombro con que el camino que hemos recorrido mis anticuerpos y yo para que esto sea posible.


Llegué al área de trasplantes del hospital y me dieron la constancia de que desde ayer pertenezco a la lista del Hospital de Nutrición, aunque esté inscrita en la lista desde 2012 nunca fui a dejar muestras de sangre en Médica Sur, así que como de noche, tampoco mi cuerpo estaba en condiciones.


La antigüedad y mi tipo de sangre juegan a favor, me dice el doctor Madrigal de Trasplantes. Le pregunto cuál es el periodo de espera en promedio para alguien con mis características, me dice que entre 4 y 6 meses, aunque el azar es un protagonista de peso… El tiempo deja de ser espeso para volverse agua que se va entre las manos.


La sed ha ido en retirada desde hace meses, a pesar del calor, parece haberme dado tregua. Tengo ganas de llorar y reír y todo junto, le hablo a mi mamá, necesito que me diga que todo va a estar bien, que estamos preparadas para lo que venga, vuelvo a tener pocos años y me viene bien refugiarme en Cotita. No hay palabras, ese silencio que se vuelve líquido es nuestra alianza. 


La siguiente fecha importante será el 7 de mayo cuando iré por primera vez a dejar mi muestra de sangre, a jugar a la lotería hasta que toque el premio. La seroteca es donde guardan las muestras de los pacientes a la espera, una palabra que nunca había oído antes y que ahora es el todo.


Miércoles de fajarse los pantalones y pisar con firmeza.

La lista

  

De repente quedé en silencio porque pasa mucho en estos días, es como si estuviera subida en un tren que va a toda velocidad y yo no tuviera tiempo de delinear el paisaje. Mis análisis están mejor que nunca, tanto que hablé con mi doctor a ver si concedía que sólo fuera dos veces a la semana a hemodiálisis, me dijo que no hasta que el potasio (que es el único marcador fuera de rango) bajara, quedamos de revisarlo en un mes.


Mis sesiones ya no van aderezadas con hipotensión ni calambres y salgo corriendo para ir a un trabajo que me encanta, donde escribir y editar son las preocupaciones del día. Sabía que tenía pendiente el tema del trasplante, pero como la maquinaria es lenta en el Hospital de Nutrición, trataba de no pensar demasiado en eso.

La semana pasada fui a consulta y le dije a mi doctor que no sabía qué pasaba con eso, ya tenía el ok del cardiólogo y el PRA, pero que era abril y todavía no había ido a que me sacaran sangre para que probaran mi compatibilidad con los órganos que llegaran. Que no sabía si el Comité de Trasplantes había aprobado que soy apta para estar en la lista de espera del Hospital de Nutrición.


Y hoy una llamada me saca del limbo, el Comité aceptó inscribirme en la lista de espera, esta semana tengo que ir por mi calendario para saber cuándo tengo que ir a dejar sangre para que evalúen la compatibilidad con cada órgano que llegue. Emoción absoluta, doy pasos certeros al encuentro de un riñón que me permita volver a viajar. 


El miedo no alumbra este martes, es la felicidad de saberse en espera en la ventanilla adecuada. Ganas de bailar, correr, nadar, de beberme de un trago este shot que es la vida.