El regreso


El viernes fue mi última consulta en el Hospital de la Universidad de Toledo, después tuvimos una hermosa fiesta para celebrar mi cumpleaños y el de Susan Rees, esposa de Michael y quien coordinó todo lo relacionado con mi riñón y con los otros riñones de la cadena. El de ella fue el 20 y el mío el 22, que era justo el día de mi regreso. Así recibí este aniversario bailando junto a la dulzura del río, bebiendo sin culpa y dejando que la sed repose.
 
El sábado me tocó ver el amanecer en el aeropuerto y cuando subimos al avión de pronto tuve la urgencia de ir a hacer chis y supe que el deseo más profundo había sido concedido: tenía un riñón que se encargaría de deshacerse del agua y las toxinas, ¿qué más podía pedir? Que se quedara muchos muchos años conmigo.
 
Lo mejor de aterrizar, de volver, es el encuentro con los míos, llenar de besos a mi sobrina Constanza, abrazar a mi mamá y a mi hermano, vernos a los ojos y saber que cambiamos la historia, que este final feliz nos pertenece, y aunque yo nunca podré devolverle el riñón perdido a mi hermano, la única manera que hallo para resarcirlo es que él disfrute conmigo este compromiso con la vida.
 
Esa tarde partimos un pastel con amigos cercanos y familia. La verdad es que en Toledo hice una vida normal, la mayor parte del tiempo sin cubrebocas, de cena en cena, todos sabían que estaba inmunosuprimida, es decir que había noqueado mis defensas con medicamentos para que el sistema inmune no rechace el nuevo órgano.
 
 
Ese sábado de un cumpleaños diferente, plenísimo, celebrando la vida al máximo, de pronto uno de mis amigos llegó con cubrebocas porque había tenido gripe, la verdad me desconcerté cuando lo escuché toser, tuve un miedo nuevo, que no conocía, me sentí en riesgo y no sabía cómo decirle que prefería que se fuera, se enfrentaban el deber ser con el cariño, claro que me daba gusto verlo, que quería celebrar con él pero por otro lado quería salir corriendo de mi casa porque una gripa me pone en un riesgo mayúsculo.
 
Esa noche lo pensé muchísimo, descubrí que aquí no voy a poder hacer la vida que hice en Ohio, tan solo por el volumen de gente que hay en todos lados, allá no había casi nadie en las tiendas, aquí a cualquier hora hay mucha gente y aún me quedan dos meses de cuidados extremos. También llegué a la conclusión de que la próxima vez que no me sienta cómoda porque alguien aún enfermo decidió venir a verme, me morderé la pena y le pediré con todo el amor de mi corazón que me visite cuando sane, porque si bien no tengo control sobre mis idas al hospital o las tiendas, sí lo tengo sobre mi casa. Y quedan poco más de 60 días para que pueda ser un poco más normal, con mi llegada se rompió el espejismo, esta es mi realidad y la asumo y la navego de la mejor manera.
 
Este tiempo fuera tenía la sensación de estar dentro de un sueño, no sabía ni qué día era y las idas al hospital eran tan amables que tenían ese toque de irrealidad, pero lo mejor del regreso es volver a los lugares de siempre y entonces confirmar que sí pasó. El lunes me desperté a las 5 como todos los lunes de hemodiálisis, era como si mi cuerpo al estar en México volviera a su rutina, fui al baño medio dormida, me vi en el espejo y automáticamente pensé cuántos litros me sacarán hoy, de repente terminé de despertar cuando descubrí que era libre, que no tenía que ir a hemodiálisis ni ese lunes, ni el miércoles ni el viernes mientras kidnecito haga lo suyo. Y bailé y reí y supe que mi felicidad es líquida.
 

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2 pensamientos en “El regreso

  1. Te leo y me congratuló de tu felicidad, desde aquí te mando las mejores vibras y los mejores deseos para ti y para kidnecito.

    Tu díario es un gran documento para otros y espero nos sigas regalando tus palabras aunque ahora la sed forme parte del pasado.

    Saludos y muchas felicidades

    • Gracias Iván por los buenos deseos 🙂 Para mí el regalo es la red que se va tejiendo alrededor del diario. La sed de agua está satisfecha pero la de vivir de la mejor manera sigue latente para bien, así espero siga la escritura 🙂

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