Desgaste y esperanza


Otra vez problemas en la clínica. Tardé más de 40 minutos en coagular porque me han estado puncionando en el mismo sitio. Se colapsó la presión arterial porque había coágulo, justo a la hora de la desconexión-conexión, es decir cuanto unos terminan el tratamiento y empiezan otros, suena mi máquina y les pido la chequen, solo la silencian, insisto y el enfermero me dice “que le permita”, yo permito muchas cosas pero cuando de cada segundo depende que mi sangre esté bien, peco de exagerada. 

Solo hay dos enfermeros en la isla y están ocupados, estresados, no es su culpa, es consecuencia de los recortes en Fresenius Medical, donde han despedido mucha gente. La factura que ya empieza a pasar, son los pacientes que se van a quedar pero los muertos no se quejan.

Cuando me desconectan, el enfermero hace el procedimiento a la inversa, empieza a quitar las líneas cuando debería quitarme las agujas, quiero quedarme callada para no ser desagradable pero no puedo, se lo digo y de inmediato lo hace bien. Este enfermero es muy simpático, lo conozco desde que llegué a la clínica, le tengo cariño, hace tres semanas que está en mi isla por el cambio de turno y he sido cuidadosa con lo que le digo porque me punciona y no quiero que sienta que no confío, pero sé que en parte de mi desconfianza y obsesiones depende mi cuerpo, mi estabilidad. 
Mientras mi fístula sigue sangrando más tiempo del normal decido dejar lo políticamente correcto y externarle a la supervisora mi preocupación porque el miércoles ella me pidió que confiara y me dejara puncionar por alguien nuevo: la otra enfermera asignada a la isla. Yo le había dicho que sí, pero que estuviera el enfermero que más experiencia tiene con mi fístula, esa petición que vengo haciendo desde febrero y que tantos problemas ha causado, que me hizo conocer la Conamed ante la negativa y la prohibición de la administradora de que él esté cuando me puncionen. 

Lo pido una vez más, le explico que solo quiero que a la nueva enfermera le enseñe quien mejor conoce mi fístula. Hablamos y hablamos, la supervisora que es lindísima, sufre por no poderme decir que sí, yo entiendo que ella solo acata órdenes, que ella y yo somos víctimas de las circunstancias. Al final, me dice que hable con la doctora, que ella es quien autoriza. 
¿En qué momento venir a la clínica se convirtió en esto? Entre un parpadeo y otro, me canso, dudo de hacer lo correcto, luego recuerdo que mi vida depende de mi tratamiento y regresan las fuerzas para pedir algo que me parece justo y que en medio del desgaste a veces me recrimino por saber. Ahí estoy solísima para enfrentar los miedos, para desde mi voz articular el argumento y no romperme. 

Baja la doctora Salazar, que es la nueva doctora, le explico que hoy sangré más de 30 minutos porque los puntos no se han movido, que lo único que quiero es que a la nueva enfermera le enseñe quien mejor me conoce. Veo comprensión en su mirada y no lo creo, me dice que sí, que sin problema. Se hace la luz, mi mar está en calma. Algo me es regresado, la espera muta a esperanza y todo el malestar y agobio desaparecen. Así este lunes de reconciliación.

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