El regreso

  
La sed llegó de la mano del calor, hace mucho que no sentía su rigor, su exigencia descarada, su intensidad. Ayer la siento colgarse de mi cuello, la espanto con música, escribiendo, pero ella sigue ahí. Y entre más la ignoro más grande se hace. 

Voy silenciosamente hacia la máquina de agua fría, llevo un vaso pequeñito, lo lleno y me prometo que solo será uno, con tragos pausados, pero apenas mis labios tocan el líquido se vuelven ajenos, necesitan más y tienen prisa. Los más de 27 grados de esta primavera me obligan a tomar dos vasos más, no hay hielos en mi oficina.

No puedo concentrarme, solo puedo pensar que el alivio llegará con el hielo. Me urge llegar a casa para sacar mi medicina contra la sed del congelador. Lleno un vaso de hielos, pero es un monstruo de fuego que no se calma, está fuera de control. 

No me deja dormir, pide más agua. Parto una toronja y la muerdo lentamente. La sed me da tregua por unas horas, yo solo pienso en mi sesión de hoy, en cuánta agua tendré y si eso me arriesgará.

Dos litros dice la báscula, vuelve la paz a pedacitos…

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