Una confesión

  
La espera se puso en pausa porque este mes olvidé ir a dejar mi muestra de sangre a la seroteca. El último día para hacerlo era el 3 de marzo y esa noche me di cuenta que se me había pasado, fue muy duro, me culpaba por olvidarlo, ni siquiera podía decirlo en voz alta, menos escribirlo. 

Tuve que ir corriendo a terapia y entonces el doctor de las emociones me dijo que se había activado el síndrome de estrés postraumático debido a los episodios en la clínica y había regresado el sabotaje, ya una vez detectado y trabajado no quedaba más que tomar este mes como un descanso (y no pensar demasiado en los órganos que deja la semana santa).

Me fueron dados 31 días sin que salte mi corazón cada vez que suena el teléfono de casa. Y entonces aproveché para estar 7 días en mi puerto. Un receso para volver a la esencia, para seguir sanando.

Ahora mientras espero que Mar termine su clase para nadar juntas, escucho el sonido del agua de quienes ya entrenan, el cielo azulísimo y vuelvo a entender que no necesito más que equilibrarme con cada parpadeo.

Jueves de agradecer que ayer mi sesión en la clínica de Veracruz fue de 10, que mi fístula funciona perfecto y que el cansancio y la sed, junto al mar, aprenden juntos a diluirse.

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