Tiempo de ser nómada

Ha sido una semana hermosa e intensa, cercana a la normalidad de los días previos a la sed. El miércoles pasado Cuau decidió que nos iríamos a Montreal de fin de semana, así sin planear demasiado, recuperamos la audacia de otros tiempos y nos los jugamos todo, cuando le pregunté por qué Montreal, me dijo que era lo más cercana a Francia que había en nuestro continente y ante mi perpetúa añoranza quiso llevarme a que escuchara un poco de francés, me conmovió su respuesta, la amé de todas las formas posibles.

Me cuenta que leyó una nota donde decía que ya no se necesitaba visa para ir a Canadá, y ya con los boletos en la mano descubrimos que eso aplicaba a partir de 2016 y que con una semana y un día del viaje no sabíamos si lograríamos tramitarla a tiempo. Nos fuimos el jueves pasado al caos que es el sistema de visado canadiense (que no recrearé aquí porque es tan kafkiano que ni parece verdad) y salimos con el alma en un hilo porque las visas tardan de 7 a 10 días hábiles y no sabríamos si llegaría antes de que nos subiéramos al avión. Logramos meter un papel para el trámite rápido de 3 a 5 días (apenitas) y quedábamos a merced de que el embajador considerara que era urgente la entrega de los papelitos.

Cuau estaba angustiado, yo estaba feliz, sentía que algo me había sido devuelto, la locura de mis días nómadas donde un boleto de avión a buen precio me catapultaba hasta el otro lado del mundo, cuando no sabía a dónde sería el siguiente viaje ni dependía de la máquina. Les dije en mi clínica que tal vez necesitaría mover mis días de hemo pero que no sabría hasta un día antes, esa sensación de estar en ascuas era un shot de vitalidad, que me bebí de hidalgo.

El lunes entré a la página a ver si estaban las visas y nada. Anoche de repente me di cuenta que era la víspera del día de San Juan (me acordé de las hogueras en Barcelona) y supe que esa noche solo podrían llegar buenas nuevas, entré y decía que ya estaban las visas. Y la felicidad se hizo.

Esta semana en terapia trabajo el dolor que me causa aún el trasplante fallido, dolor emocional, físico, intelectual y lo que lo desata y lo que lo calma. Lo que lo desata son las idas al hospital, me angustio aunque voy de cool, y mi doctor me enseñó a controlarlo, lo puse en práctica en mi cita del martes en el Hospital de Nutrición, funcionó. Y lo que lo calma: lo que me quita el dolor, cualquiera, desde siempre, son los viajes. Así que esta semana tenía premio mayor, por varios motivos, pero uno de ellos es que tendré un poco de los dos.

Tarde de escuchar los Van Van mientras tecleo al ritmo de la música, disfruto mi trabajo y sonrío al pensar en la partida de este viernes. El domingo se cumplen 4 años del diagnóstico, el aniversario de mi IRC me encontrará en una latitud nueva, una ciudad para que la recorra mi extravío y eso me conecta con la vida, con mi libertad, con mi buena fortuna. Sigo aquí y agradezco que me haya sido regalada esta conciencia de estar y descubrir segundo a segundo cómo se expanden los límites.

90 horas lejos de mi máquina, 90 horas en que la sed será el reto más grande, pero sumergirme en el espejismo de la vida mundana bien lo vale.

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