La piedra del marinero

Tiempo de reencuentros, con los amigos, con mi puerto, con objetos que habían sido olvidados. La semana pasada limpio mi estudio, rompo papeles, me deshago de todo eso que ya no necesito y junto al librero encuentro en una bolsita plateada, mi anillo de compromiso, la piedra un aguamarina, lo leo como señal de que vienen puras cosas buenas, es el amuleto de los marineros y yo que navego, que voy abstinente de agua, me gusta ver el símbolo del mar en mi dedo anular, el que creían los helénicos tenía una vena que comunicaba directo al corazón.

Fin de semana en Veracruz, con los excesos sazonando las noches extendidas, me cuesta tanto dormir ahí, quiero permanecer despierta, bailando, respirando aire cargado de salitre, me gusta que esté nublado, el domingo el cielo y yo estamos cargados de agua que no se precipita.

Voy a hemodiálisis como un trámite amable, hablo menos, me quedo en silencio, escucho música, medito, la salud perfecta es la tierra prometida, me estoy entrenando en eso de esperar. Aunque haya semanas en que el cuerpo me recuerde la fragilidad, en que la presión me traicione y se vaya en picada, hay tanto por hacer allá afuera que un coctel de oxígeno y dextrosa y vámonos recio, diría una amiga. No hay manera de quedarme anclada en el malestar. El piso se mueve de tanto en tanto, es la vida que me recuerda que para seguir el secreto está en acoplarse al ritmo que te toque.
Jueves de frotar el amuleto y sonreír nada más porque sí.

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