Un trago de normalidad

Hace una semana llegaron nuevos pacientes a la isla de hemodiálisis, frente a mi máquina oigo que Esmeralda tiene 35 años, quisiera preguntarle tantas cosas, cómo fue diagnosticada, cómo lo lleva… me gana el pudor y guardo silencio. En la máquina de junto hay un señor mayor, Vero, nuestra enfermera, le explica qué le va a hacer, cómo cuidar su catéter y la opción de la fístula, él asiente, le pregunta si le duele la cabeza por el tratamiento, ella le dice que no, veo en su mirada ese temor tan característico de los primeros días. Hubo 19 ingresos nuevos en la clínica, la insuficiencia haciendo de las suyas, arrebatando la posibilidad de saciar la sed…

Pienso en el tiempo que todo lo cura, que ha sido un antídoto para mi miedo. Desde mi sillón de hemo me sé dueña de mi mundo, ese donde el temor se asoma cada vez menos. Las semanas anteriores me quedo sin teclear porque releí todo el diario, lo acomodé, lo edité y lo puse en página, 204 para ser exactos, nunca había escrito tanto. Reconocerme desde cada post fue una tarea que me deja exhausta.


Pero es jueves, en que me despierto y corro a la recámara de al lado donde mi sobrinita, Constanza, guarda para mí su mejor sonrisa, en que Cuau y yo picamos fruta y verdura para distraer la sed, en que aunque el tráfico está denso, doy un trago a mi jugo de manzana y me gusta la ligereza del aire que equilibra los contratiempos.


Estos son los días normales, nada pasa solo la vida a la que me gusta cerrarle el ojo y sonreírle.


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