Un tropiezo… (historia de un calambre)

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Tal vez canté victoria antes de tiempo, sesión perfecta, desconexión impecable, presión intacta, y cuando me pongo de pie solo alcanzo a dar dos pasos, mis piernas titubean… El calambre más inesperado y rudo de toda mi vida se apoderó de mis extremidades.

Soy la última en la isla, el reloj marca las 10 de la noche en punto, Gladys, la enfermera, me ayuda a llegar al reposet, siento el susto y la presión va en picada.

Llaman a la doctora, mientras empiezo a aplicarme el remedio de emergencia que me enseñaron en el curso de Ireca (transmisión de energía) que tomé el fin de semana, no grito, no corro y no dejo que me rapte el miedo. La doctora quiere canalizarme para que recupere, pero me niego. Le pido que me dé 5 minutos que si mi técnica no funciona la dejaré me pique de nuevo.

Me mira escéptica, pero me permite intentarlo. No puede creer que venga sola, me pregunta por mi familiar. Le digo que no se preocupe que un taxi me espera afuera. Mis métodos extraños felizmente funcionan: la presión se normaliza y el calambre parece diluirse. Me pongo de pie y Gladys me lleva a la báscula, menos 100 gramos de mi peso seco, he ahí la razón de la descompensación.

Si a eso le sumamos que el DF me hemodializan por la mañana y hoy fue por la noche, seguro me sacaron agua de más. Logro salir caminando de la clínica, el taxista esperó estoico, le marco a Gaby, mi mano derecha, izquierda y mi todo en esta aventura laboral. No quiero ir sola al hotel, la sensación de calambre va y viene y temo no poder caminar cuando baje del auto. La veo afuera de la Expo lleva una coca para mí (el shot de glucosa para seguir). Esperamos un rato en el taxi a que las piernas respondan, entro paso a pasito al hotel.

No quiero irme al cuarto, intuyo que el miedo me ronda. Me distraigo con los focos rojos del día, hay otros tropiezos y en ellos me entretengo. Mi cuerpo pide tregua, el calambre aún coquetea con mis puntos débiles… pero se topa piedra con coyol (a ver de quién se rompe primero)…

Escribo porque es la única forma que conozco de ahuyentar el pánico, porque mientras tecleo me sé acompañada en esta habitación que hoy parece más grande. Y porque ahora ya es el día siguiente y lo que no te mata te hace fuerte, así que ha aprender la lección y abrirse a disfrutar lo que está por llegar.

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