Y después ¿qué?

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La vista desde mi nueva cama incluye un cachito de cielo y una escalera, inevitable recordar que para subir al cielo se necesita una escalera grande y otra cosita. Ando en la búsqueda aún de la otra cosita, si pienso en el cielo como ese lugar donde no hay dolor.

La salida del hospital no fue cómo imagine. Yo quería respirar el aire libre de sistemas acondicionados, sentirlo en la cara, ver edificios y gente, llegar a casa y ver a los amigos, reírme y volver victoriosa después de ir a la guerra, quería celebrar, pero mi cuerpo y mi mente tenían otros planes y temores.

Una vez fuera, ese primer trayecto entre el hospital y el auto que me llevaría a casa, cuando me puse de pie para subirme en él y vi cómo temblaban mis piernas, cómo se tardaban en responder, dudé muchísimo si era buena idea dejar mi cuerpo sin ese resguardo de médicos y enfermeras que me habían ayudado a estar aquí, ahora estábamos solos por nuestra cuenta y aún faltaban batallas por librar.

Llegar al nuevo hogar y encontrar a los amigos y yo queriendo quedarme en la sobremesa, comerme de un bocado eso que durante 22 días me fue negado y el cuerpo reclamando, imponiendo sus ritmos, sus descansos, dominándolo todo y yo cediendo.

La prueba más dura esa primera noche: la cama, mi cama de toda la vida se sentía diferente, me era ajena e incómoda, desperté de madrugada con un dolor que me sacaba lágrimas, ¿cómo volvería a dormir en mi cama de siempre? ¿Cómo espantar el dolor que regresaba sonriendo si no había médicos a los cuáles llamar para que se deshicieran de él? 45 minutos de dolor intenso antes de poder tomar la siguiente dosis…

En mi viñeta de la vuelta a casa, yo aparecía sonriente y con energía. No sucedió, la energía vuelve a cuentagotas al igual que la sonrisa.

Soñaba con volver a mi clínica, donde la hemodiálisis es perfecta. Hoy fue el día de regresar. La maniobra de bajarse del auto a la silla de ruedas no es fácil y está llena de dolor, pero no importaba porque volvería a mi refugio. Era la primera vez que tendría que soportar tres horas y media en un reposet porque mientras estuve hospitalizada fue en cama. Temía pero suponía que no sería tan terrible. Me pasé platicando con Vale las tres primeras horas y después el dolor del sacro volvió con tal intensidad que tuve que tomarme un rescate (los doctores de la clínica del dolor me dejaron una dosis extra que podía tomar en caso de mucho dolor), pero la molestia no disminuyó mucho y me bajó la presión. Tuvieron que desconectarme antes y pasarme dextrosa y el dolor no cesaba.

Cuando Cuau llegó por mí yo estaba tan cansada, tan deshecha, tan frágil, extrañando mi hemodiálidis en cama. No sabía cómo le hacíamos mi cuerpo y yo para aguantar estos picos de dolor…

Así estos primeros días en casa en que reaprendemos todo, en que un colchón de presión alterna me permite recuperar el sueño, en que hago mis pininos en la silla de ruedas; en que la intimidad habita en ese momento de la noche cuando Cuau olvida todo y se concentra en ponerme mi antibiótico directo al corazón y yo sé que lo amo más que nunca…

Vamos de a poquito, pero este regreso no está fácil… aunque así despacito voy aprendiendo que la ventaja de las dificultades y el dolor es que son pasajeros, solo queda estar atentos para reconocer cuando empiezan a pasar…

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3 pensamientos en “Y después ¿qué?

  1. Me han comentado mucho de usted y espero y no se moleste. Pero aunque no crea en un ser tan maravilloso y tan poderoso (Dios),él sin dudar te está cuidando y aunque no lo veamos yo sí lo creo.Pienso que lo que usted está pasando es por algo y todos estamos en está tierra por algo…sólo confía sin reprochar y veraz los milagros y ese dolor que tienes se puede ir quitando poco a poco .buena suerte en todo

    • Frank, creo en Dios, un dios inteligente y que admite ser cuestionado, no creo en los dogmas, ni en los destinos impuestos. Para mí la escritura es mi ejercicio espiritual y este diario mi desahogo, donde puedo decirme de cuerpo completo y gritar y quejarme porque eso me ha salvado de la locura. Para mi el milagro sucede cuando después del desahogo arriba la paz. Agradezco tus buenos deseos y espero que así sea.
      Un abrazo

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