Entre el cielo y el infierno

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Me despiertan mis quejidos, no fue una buena noche, regresé de hemodiálisis a las 11:45, después de una serie de tropezones con mi querido doctor Tapia. Él es el médico de guardia durante los fines de semana y ayer cuando lo veo aparecer por mi puerta tiemblo. Viene a decirme que de acuerdo a los análisis de esta mañana (sábado) están preocupados porque mi hemoglobina está en 6.6 y tienen que transfundirme.

Yo le digo que no me han hecho análisis ese día y que me transfundieron el jueves porque mi hemoglobina estaba en 6.6, me lanza su mirada burlona de ella cree que lo sabe todo, le digo que seguro hay un error en los registros del laboratorio, me dice que no y que me van a transfundir, con la poca energía que tengo en ese momento le digo que no me voy a dejar a menos que hable con los nefrólogos o que me lo diga el doctor Correa, sonríe y me dice “ellos no vienen hoy y no te van a contestar” y se va.

De inmediato me comunico con el doctor Correa, me explica que tienen que transfundirme porque el jueves debieron ponerme dos bolsas y solo pasaron una. Viene el nefrólogo de guardia a verme le explico por qué me resisto a las trasfusiones (mi historial de anticuerpos) y que estoy de acuerdo en hacerla siempre y cuando sea porque la hemoglobina esté debajo de 7.5, acordamos hacer análisis, él si cree en lo que le digo, mi hemoglobina está en 7.2, hay que transfundir, yo flojita y cooperando… Preparan la sangre y por esa razón entro a hemodiálisis casi a las 8 de la noche.

Tengo pesadillas, sueño intranquilo, pido una dosis extra de analgésico para intentar pararme, sentada por fin en la cama, tocan la puerta y es el doctor Tapia quien sonriente me dice “ya ves cómo si tenían que transfundirte”. No sé si es el dolor o haber logrado sentarme o que siento que la tempestad está amainando, pero le contesto “sí, pero sus análisis estaban mal”, él asegura que no, que yo ayer tenía 6.6 de hemoglobina. Yo quiero quedarme callada pero no puedo, le digo: “Por eso nunca va a poder ser un buen doctor porque es incapaz de reconocer que los otros se pueden equivocar”, siento la mirada de Cuau desde el fondo de la habitación suplicando me quede callada.

El doctor Tapia es muy joven, veo que se nubla ligeramente su mirada, se hace el silencio, cambiamos de tema, volvemos al camino seguro de mis síntomas, lo toqué y me tocó, después de esto algo en él se humaniza, algo en mí lo ve distinto también, más cercano. Ya no nos tememos, solo intentamos ser de nuevo médico-paciente.

Transitamos el desacuerdo para encontrarnos. Cuau asegura que el doctor Tapia lo que más quiere en la vida es darme de alta. Sonrío por primera vez en muchos días.

Esto me da fuerza para ponerme de pie e intentar un baño largo, en regadera, todo un lujo, las heridas sangran y el precio de este paquete es mucho dolor. Pero ahora en cama mientras me envuelven los olores de mi shampo favorito y el exfoliante amado sé que la salida de este túnel está próxima.

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