La ofrenda

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Mis muertos por la línea paterna se acumulan, los riñones han tenido mucho que ver con esas partidas. Ninguno de ellos tuvo la opción de esa máquina que es mi visa para seguir.

Pienso en el altar que le pondría a Mario Robles, mi papá, tendría frijoles en todas sus formas, recuerdo cuando era yo era niña y él estaba enfermo, que tenía prohibidos los frijoles, yo no entendía porqué, me parecía que a nadie podía dañarle comerlos, así que más de una vez burlé la vigilancia de mi mamá y abuela para llevarle un taquito de frijoles. Cuando murió yo juraba que era por mi culpa, que no debí darle esos taquitos. Ahora sé que el peligro de los frijoles radicaba en que son una bomba de potasio y los enfermos renales no lo procesan.

No sé si padeció esa sed que me agobia, pero por si las dudas le pondría dos litros de agua de jamaica, de repente descubro que no tengo la certeza de cuál era su bebida preferida, tendré que preguntar.

Entonces me queda claro que dejaré indicaciones precisas de qué quiero en mi altar: cava, frijoles, guacamole, plátanos fritos y mangos, y agua de limón, de guanábana, de tamarindo, sonrío al imaginar todo eso que por ahora me está vetado.

Pero lo que hoy tengo para ofrecer a mis muertos es este compromiso para quedarme en la vida con la alegría y la fuerza en el cuerpo y el corazón y la promesa de un buen baile para recibirlos esta noche.

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