El equilibrio

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Ser diagnosticada en el que consideraba el mejor momento de mi vida profesional fue duro, pero si a eso le agregamos que para mí el trabajo era una adicción porque me permitía evadirme, el resultado fue devastador.

Durante el primer año, mientras todo a mi alrededor cambiaba, yo me empeñaba en mantener el ritmo. Salía de hemodiálisis y lo único que quería era correr a la oficina y recuperar esa que era antes, hacía oídos sordos a mi cuerpo que con mareos y taquicardía reclamaba una pausa.

Me negaba a ser paciente. Me convencía que esto era algo transitorio y el trabajo intenso era la estructura de la que intentaba detenerme para no derrumbarme.

La enfermedad asusta y algunos corporativos no pueden ver más allá de ese miedo. Después de año y medio, mi empresa decidió que ya no me necesitaban. Mientras me daban la noticia yo sentía una gran liberación. Agradecía que ellos tuvieran la claridad que yo no tuve para hacer un alto obligatorio.

Así como las relaciones de pareja que tienen que reinventarse y a veces hacer un alto para vencer a la costumbre y poder seguir, así pasó con mi relación laboral.

Los días siguientes tuve que aprender a verme desde una óptica diferente: ya no era la profesional absorta por su trabajo pero tampoco era únicamente la paciente gobernada por la insuficiencia renal. Ahora podía encontrar el equilibrio en ser alguien que ni siquiera había imaginado: libre, feliz, comprometida y entregada a lo mío (cualquier cosa que eso signifique).

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